Estadía, despedida y Mensaje completo en el Líbano


FUENTE: custodiosdesanpedro.com

FECHA: Domingo, 16 de setiembre

El Papa en Líbano


El Papa Benedicto XVI puso hoy fin a su histórica visita de tres días al Líbano con un llamamiento a la convivencia pacífica entre las distintas comunidades religiosas del país. 

En el aeropuerto internacional Rafic Hariri de Beirut, agradeció a los libaneses su acogida, en especial "el entusiasmo" de los jóvenes, y dirigiéndose a los musulmanes afirmó: "Vuestra presencia contribuyó al éxito de mi visita" 

Joseph Ratzinger se congratuló por la diversidad religiosa del Líbano -donde conviven cristianos, suníes, chiíes y drusos- y señaló que los puntos fuertes de su visita fueron la firma de la Exhortación Postsinodal (documento final) del Sínodo de Obispos para Oriente Medio y el encuentro con la juventud.

"Este encuentro me permitió rezar por ellos y por todo el Líbano. Estoy contento de estar en el país de los Cedros, que está siempre presente en la casa de Dios. Espero que sus ciudadanos continúen viviendo en armonía para que haya un mundo mejor", subrayó el santo padre.

Durante su alocución, interrumpida en ocasiones por aplausos, el papa rogó para que "el Líbano continúe con su diversidad y rechace el conflicto y a aquellos que obran para separar". 

Al aeropuerto acudieron las autoridades libanesas, entre ellas el presidente Michel Suleiman y los dirigentes religiosos, que uno por uno se despidieron del sumo pontífice. 

Suleiman le agradeció su visita y sus esfuerzos para proteger el Líbano: "Usted se va dejándonos un mensaje de paz, y afirmamos que el Líbano quedará tal como es y mantendrá siempre relaciones históricas con el Vaticano", agregó.

"Nuestra promesa es que el Líbano continuará siendo el país de la democracia y todo su pueblo participará en el gobierno y vivirá junto respetando los valores", dijo Suleiman, quien consideró que no hay evolución sin paz. 

Benedicto XVI partió en un avión Airbus-320 de la aerolínea libanesa MENA, poniendo fin así a su visita al Líbano, la primera a este país en sus siete años de pontificado y la cuarta a Oriente Medio. 

El sumo pontífice fue despedido en el aeropuerto con pancartas en las que se leía "Bendito sea el que viene en el nombre del Señor" y "Queremos la paz". 

Una niña le entregó un ramo de flores, mientras que un grupo de jóvenes entonó la canción del cantante libanés Wadih el Safi "Vuelve al Líbano". 

Justo antes de dirigirse al aeropuerto, el Papa se reunió en Beirut con los líderes religiosos de las comunidades cristianas de Oriente Medio, a los que instó a trabajar por la unidad, como Jesucristo deseaba.  

Benedicto XVI celebró también hoy una misa al aire libre en el muelle de Beirut ante centenares de miles de personas, en la que imploró por la paz en Oriente Medio, en especial en Siria, y por la coexistencia entre cristianos y musulmanes en el Líbano. (La Razón)

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Discurso completo del Papa en Líbano



Tercer y último día de visita del papa Benedicto XVI al Líbano. Esta mañana ha celebrado una misa multitudinaria en la que han participado más de 300 mil personas. En su homilía se ha referido especialmente a Siria, y ha hecho un llamamiento a todos para trabajar por la paz. 

La identidad de Jesús y sus consecuencias para nosotros, ha sido el tema de la homilía de la Santa Misa presidida por el Papa Benedicto XVI, celebrada en Beirut, en el City Center Waterfront.

Texto completo Homilía Papa 

Queridos hermanos y hermanas

«Bendito sea Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo» (Ef 1,3). Bendito sea en este día en el que tengo la alegría de estar aquí con vosotros, en el Líbano, para entregar a los obispos de la región la Exhortación apostólica postsinodal Ecclesia in Medio Oriente. Agradezco cordialmente a Su Beatitud Bechara Boutros Raï sus amables palabras de bienvenida. Saludo a los demás patriarcas y obispos de las iglesias orientales, a los obispos latinos de las regiones vecinas, así como a los cardenales y obispos procedentes de otros países. Os saludo a todos con gran afecto, queridos hermanos y hermanas del Líbano, así como a los de los países de toda esta querida región de Oriente Medio, que han venido para celebrar, con el Sucesor de Pedro, a Jesucristo crucificado, muerto y resucitado. Saludo con deferencia también al Presidente de la República y a las autoridades libanesas, a los responsables y miembros de otras tradiciones religiosas que han tenido a bien estar presentes aquí esta mañana. 

En este domingo en el que Evangelio nos interroga sobre la verdadera identidad de Jesús, henos aquí con los discípulos por la senda que conduce a los pueblos de la región de Cesarea de Filipo. «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» (Mc 8,29), les preguntó Jesús. El momento elegido para plantear esta cuestión tiene un significado. Jesús se encuentra en un momento decisivo de su existencia. Sube hacia Jerusalén, hacia el lugar donde, por la cruz y la resurrección, se cumplirá el acontecimiento central de nuestra salvación. Jerusalén es también donde, al final de estos acontecimientos, nacerá la Iglesia. Y cuando, en ese momento decisivo, Jesús pregunta primero a sus seguidores: «¿Quién dice la gente que soy yo?» (Mc 8,27), las respuestas que le dan son muy diferentes: Juan el Bautista, Elías, un profeta. También hoy, como a lo largo de los siglos, aquellos, que de una u otra manera, han encontrado a Jesús en su camino, ofrecen sus respuestas. Éstas son aproximaciones que pueden permitir encontrar el camino de la verdad. Pero, aunque no sean necesariamente falsas, siguen siendo insuficientes, pues no llegan al corazón de la identidad de Jesús. Sólo quien se compromete a seguirlo en su camino, a vivir en comunión con él en la comunidad de los discípulos, puede tener un conocimiento verdadero. Entonces es cuando Pedro, que desde hacía algún tiempo había vivido con Jesús, dará su respuesta: «Tú eres el Mesías» (Mc 8,29). Respuesta acertada sin duda alguna, pero aún insuficiente, puesto que Jesús advirtió la necesidad de precisarla. Se percataba de que la gente podría utilizar esta respuesta para propósitos que no eran los suyos, para suscitar falsas esperanzas terrenas sobre él. Y no se deja encerrar sólo en los atributos del libertador humano que muchos esperan. 

Al anunciar a sus discípulos que él deberá sufrir y ser ajusticiado antes de resucitar, Jesús quiere hacerles comprender quién es de verdad. Un Mesías sufriente, un Mesías servidor, no un libertador político todopoderoso. Él es siervo obediente a la voluntad de su Padre hasta entregar su vida. Es lo que anunciaba ya el profeta Isaías en la primera lectura. Así, Jesús va contra lo que muchos esperaban de él. Su afirmación sorprende e inquieta. Y eso explica la réplica y los reproches de Pedro, rechazando el sufrimiento y la muerte de su maestro. Jesús se muestra severo con él, y le hace comprender que quien quiera ser discípulo suyo, debe aceptar ser un servidor, como él mismo se ha hecho siervo. 

Decidirse a seguir a Jesús, es tomar su Cruz para acompañarle en su camino, un camino arduo, que no es el del poder o el de la gloria terrena, sino el que lleva necesariamente a la renuncia de sí mismo, a perder su vida por Cristo y el Evangelio, para ganarla. Pues se nos asegura que este camino conduce a la resurrección, a la vida verdadera y definitiva con Dios. Optar por acompañar a Jesucristo, que se ha hecho siervo de todos, requiere una intimidad cada vez mayor con él, poniéndose a la escucha atenta de su Palabra, para descubrir en ella la inspiración de nuestras acciones. Al promulgar el Año de la fe, que comenzará el próximo 11 de octubre, he querido que todo fiel se comprometa de forma renovada en este camino de conversión del corazón. A lo largo de todo este año, os animo vivamente, pues, a profundizar vuestra reflexión sobre la fe, para que sea más consciente, y para fortalecer vuestra adhesión a Jesucristo y su evangelio. 

Hermanos y hermanas, el camino por el que Jesús nos quiere llevar es un camino de esperanza para todos. La gloria de Jesús se revela en el momento en que, en su humanidad, él se manifiesta el más frágil, especialmente después de la encarnación y sobre la cruz. Así es como Dios muestra su amor, haciéndose siervo, entregándose por nosotros. ¿Acaso no es esto un misterio extraordinario, a veces difícil de admitir? El mismo apóstol Pedro lo comprenderá sólo más tarde. 

En la segunda lectura, Santiago nos ha recordado cómo este seguir a Jesús, para ser auténtico, exige actos concretos: «Yo con mis obras, te mostraré la fe» (2,18). Servir es una exigencia imperativa para la Iglesia y, para los cristianos, el ser verdaderos servidores, a imagen de Jesús. El servicio es un elemento fundacional de la identidad de los discípulos de Cristo (cf. Jn 13,15-17). La vocación de la Iglesia y del cristiano es servir, como el Señor mismo lo ha hecho, gratuitamente y a todos, sin distinción. Por tanto, en un mundo donde la violencia no cesa de extender su rastro de muerte y destrucción, servir a la justicia y la paz es una urgencia, para comprometerse en aras de una sociedad fraterna, para fomentar la comunión. Queridos hermanos y hermanas, imploro particularmente al Señor que conceda a esta región de Oriente Medio servidores de la paz y la reconciliación, para que todos puedan vivir pacíficamente y con dignidad. Es un testimonio esencial que los cristianos deben dar aquí, en colaboración con todas las personas de buena voluntad. Os hago un llamamiento a todos a trabajar por la paz. Cada uno como pueda y allí dónde se encuentre. 

El servicio debe entrar también en el corazón de la vida misma de la comunidad cristiana. Todo ministerio, todo cargo en la Iglesia, es ante todo un servicio a Dios y a los hermanos. Éste es el espíritu que debe reinar entre todos los bautizados, en particular con un compromiso efectivo para con los pobres, los marginados y los que sufren, para salvaguardar la dignidad inalienable de cada persona. 

Queridos hermanos y hermanas que sufrís en el cuerpo o en el corazón, vuestro dolor no es inútil. Cristo servidor está cercano a todos los que sufren. Él está a vuestro lado. Que os encontréis en vuestro camino con hermanos y hermanas que manifiesten concretamente su presencia amorosa, que no os abandonará. Que Cristo os colme de esperanza. 

Y todos vosotros, hermanos y hermanas, que habéis venido para participar en esta celebración, tratad de configuraros siempre con el Señor Jesús, con él, que se ha hecho servidor de todos para la vida del mundo. Que Dios bendiga al Líbano, que bendiga a todos los pueblos de esta querida región del Medio Oriente y les conceda el don de su paz. Amén. (RV)