INTENCION MISIONERA

 

Para que las comunidades cristianas dispersas en el continente asiático proclamen el Evangelio con fervor, dando testimonio de su belleza con la alegría de la fe.

 

Queridos hermanos en el episcopado: En vuestros países la Iglesia ha hecho notables progresos desde la llegada de los misioneros a la región hace más de cuatrocientos años, y desde su regreso a Mongolia hace exactamente quince años.

 

Este desarrollo se debe en gran parte al testimonio excepcional de los mártires coreanos y de otros en toda Asia, que han permanecido firmemente fieles a Cristo y a su Iglesia. La constancia de su testimonio habla elocuentemente del concepto fundamental de comunión, que unifica y vivifica la vida eclesial en todas sus dimensiones.

 

Las numerosas exhortaciones del evangelista san Juan a permanecer en el amor y en la verdad de Cristo evocan la imagen de una casa segura y estable. Dios nos ama primero y nosotros, atraídos hacia su don de agua viva, "hemos de beber siempre de nuevo de la primera y originaria fuente que es Jesucristo, de cuyo corazón traspasado brota el amor de Dios" (Deus caritas est, 7). Pero san Juan también exhorta a sus comunidades a permanecer en ese amor porque algunos ya habían sido seducidos por las distracciones que llevan a la debilidad interior y a una posible separación de la comunión de los creyentes.

 

Esta exhortación a permanecer en el amor de Cristo también tiene un significado particular para vosotros hoy. Vuestras relaciones quinquenales atestiguan la atracción que ejerce el materialismo y los efectos negativos de una mentalidad laicista. Cuando los hombres y las mujeres se alejan de la casa del Señor vagan inevitablemente en un desierto de aislamiento individual y de fragmentación social, porque "el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado" (Gaudium et spes, 22).

 

Queridos hermanos, desde esta perspectiva es evidente que para ser pastores eficientes de esperanza debéis esforzaros por garantizar que el vínculo de comunión que une a Cristo con todos los bautizados sea salvaguardado y experimentado como el centro del misterio de la Iglesia (cf. Ecclesia in Asia, 24).

 

Con los ojos fijos en el Señor, los fieles deben repetir de nuevo el grito de fe de los mártires: "Hemos conocido y creído en el amor que Dios nos tiene" (1 Jn 4, 16). Esta fe se mantiene y alimenta mediante un encuentro continuo con Jesucristo, que viene a los hombres y a las mujeres a través de la Iglesia: el signo y el sacramento de unión íntima con Dios y de unidad de todo el género humano (cf. Lumen gentium, 1).

 

Desde luego, el acceso a este misterio de comunión con Dios es el bautismo. Este sacramento de iniciación, lejos de ser un rito social o de bienvenida a una comunidad particular, es iniciativa de Dios (cf. Rito del bautismo, 98). Los que han renacido por el agua de la vida nueva entran a formar parte de la

Iglesia universal y se insertan en el dinamismo de la vida de fe. En efecto, la profunda importancia de este sacramento subraya vuestra creciente preocupación por el hecho de que no pocos de los numerosos adultos que cada año entran a formar parte de la Iglesia en vuestra región no mantienen su compromiso de "participación plena (...) en las celebraciones litúrgicas, (...) que constituye un derecho y una obligación en virtud del bautismo" (Sacrosanctum Concilium, 14). Os animo a garantizar, especialmente a través de una gozosa mistagogia, que "la llama de la fe" se mantenga "viva en el corazón" (Rito del bautismo, 100) de los nuevos bautizados.

 

Como enseña elocuentemente san Pablo (cf. 1 Co 10, 16-17), la palabra comunión también se refiere al centro eucarístico de la Iglesia. La Eucaristía arraiga nuestra comprensión de la Iglesia en el encuentro íntimo entre Jesús y la humanidad, y revela la fuente de la unidad eclesial: el gesto de Cristo de entregarse a sí mismo a nosotros nos convierte en su cuerpo. La conmemoración de la muerte y resurrección de Cristo en la Eucaristía es "la suprema manifestación sacramental de la comunión en la Iglesia" (Ecclesia de Eucharistia, 38), por la cual las Iglesias locales se dejan atraer hacia los brazos abiertos del Señor y se fortalecen en la unidad dentro del único Cuerpo (cf. Sacramentum caritatis, 15).

 

Vuestros programas concebidos para poner de relieve la importancia de la misa dominical deberían aplicarse mediante una sana y estimulante catequesis sobre la Eucaristía. Esto fomentará una comprensión renovada del auténtico dinamismo de la vida cristiana entre vuestros fieles. Me uno a vosotros al exhortar a los fieles laicos, y en especial a los jóvenes de vuestra región, a explorar la profundidad y la amplitud de nuestra comunión eucarística. Congregados cada domingo en la casa del Señor, somos imbuidos por el amor y la verdad de Cristo, y recibimos la fuerza para llevar la esperanza al mundo.

 

BENEDICTO XVI

 

DISCURSO A LOS MIEMBROS DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL DE COREA

Y AL PREFECTO APOSTÓLICO DE ULAN BATOR

EN VISITA "AD LIMINA"

3 de diciembre de 2007

 

 

COMENTARIO PASTORAL

Asia es el continente más grande, más poblado y posiblemente el que tiene la mayor diversidad cultural en el mundo. En Asia se encuentran los nuevos gigantes económicos, China e India, y otros centros globales de prosperidad, como Corea del Sur, Singapur y Hong Kong. La mayor nación musulmana en el mundo es Indonesia, cuya población sobrepasa los 230 millones de habitantes (de los cuales el 87% son musulmanes suni). En Asia millones de personas continúan viviendo bajo regímenes represivos, como en Myanmar; muchos otros siguen sufriendo la guerra y la violencia en lugares como Afganistán e Irak; cientos de millones de pobres, particularmente los afectados por desastres naturales como las recientes inundaciones en Pakistán.

 

Asia es la cuna de las grandes religiones del mundo, y más de mil millones de asiáticos han abrazado el Budismo, el Hinduismo, el Confucionismo y el Islamismo por siglos. En contraste, la Iglesia Católica sigue siendo un “pequeño rebaño”, un pequeñísimo porcentaje de la población de Asia, con excepción de Filipinas y Timor Oriental, que son ampliamente católicos. Al mismo tiempo, las antiguas religiones y culturas tradicionales asiáticas también están confrontadas con el crecimiento de la secularización, especialmente en la medida que la cultura global postmoderna y el consumismo se difunden por los medios de comunicación. Llama la atención, por ejemplo, que un lugar como Japón, que hasta el año pasado era la segunda potencia económica en el mundo, ostenta también el mayor índice de suicidios – unos 30,000 al año.

 

En todo esto vemos que Asia, que es crucial para el futuro de la historia mundial, está buscando una vida más plena: una vida con sentido y esperanza, sin pobreza y guerra, libre y pacífica. Como el Papa Juan Pablo II en la Exhortación Apostólica Ecclesia in Asia (1999) nos recuerda, la plenitud de la vida que busca Asia es un regalo que Jesús quiere compartir con el pueblo asiático: Jesús viene ”para que ellos tengan vida y vida en abundancia” (Jn10,10). De este modo, el Papa Juan Pablo II llama a los “Discípulos de Cristo en Asia” a un “nuevo compromiso con la misión” (Ecclesia in Asia, No. 4). Esta misión solo puede ser exitosa si se lleva adelante fervor y convicción interior: Un fuego solo puede ser encendido por algo que en si mismo está ya ardiendo“ (Ecclesia in Asia, No. 23).

 

Por lo demás, esta misión no consiste en imponer nuevas creencias o códigos morales a otros, en un espíritu de competencia o superioridad. Más bien, como nos recuerda Ecclesia in Asia, el evangelio es un regalo que los cristianos en Asia han recibido con gratitud. Proclamar el evangelio en Asia significa compartir un regalo: es compartir la alegría de haber encontrado la fuente de la vida, del sentido y del amor en Jesucristo. Es un modo de mostrar lo bella que la vida humana puede ser cuando está tocada y transformada por la Buena Noticia de Jesús.

 

En Asia, donde hay tantas y tan diversas tradiciones religiosas antiguas, y donde Jesús y su evangelio han sido a menudo vistos como “extranjeros”, las palabras del Papa Pablo VI suenan particularmente verdaderas: “La gente hoy cree más a los testigos que a los profesores, a la experiencia que a la enseñanza, a la vida y la acción que a las teorías.” La gente de Asia será atraída al evangelio sólo si ven las vidas transformadas de quiénes creen en Jesús: su alegría, su respeto, su humildad, su libertad ante el temor, su amorosa compasión y servicio a los pobres.

 

Con estas motivaciones, entonces, acompañemos al Santo Padre este mes en su oración por las comunidades cristianas de Asia, para que puedan anunciar con alegría el evangelio.

 

P. Danny Huang, S.J.

Asistente del Padre General de los Jesuitas para la región de Asia