INTENCION GENERAL

 

Por todos los docentes, para que sepan trasmitir el amor a la verdad y educar en los valores morales y espirituales auténticos.

 

Queridos fieles de Roma:

 

He querido dirigirme a vosotros con esta carta para hablaros de un problema que vosotros mismos experimentáis y en el que están comprometidos los diversos componentes de nuestra Iglesia: el problema de la educación. Todos nos preocupamos por el bien de las personas que amamos, en particular por nuestros niños, adolescentes y jóvenes. En efecto, sabemos que de ellos depende el futuro de nuestra ciudad. Por tanto, no podemos menos de interesarnos por la formación de las nuevas generaciones, por su capacidad de orientarse en la vida y de discernir el bien del mal, y por su salud, no sólo física sino también moral. Ahora bien, educar jamás ha sido fácil, y hoy parece cada vez más difícil. Lo saben bien los padres de familia, los profesores, los sacerdotes y todos los que tienen responsabilidades educativas directas. Por eso, se habla de una gran "emergencia educativa", confirmada por los fracasos en los que muy a menudo terminan nuestros esfuerzos por formar personas sólidas, capaces de colaborar con los demás y de dar un sentido a su vida. Así, resulta espontáneo culpar a las nuevas generaciones, como si los niños que nacen hoy fueran diferentes de los que nacían en el pasado. Además, se habla de una "ruptura entre las generaciones", que ciertamente existe y pesa, pero es más bien el efecto y no la causa de la falta de transmisión de certezas y valores.

 

Por consiguiente, ¿debemos echar la culpa a los adultos de hoy, que ya no serían capaces de educar? Ciertamente, tanto entre los padres como entre los profesores, y en general entre los educadores, es fuerte la tentación de renunciar; más aún, existe incluso el riesgo de no comprender ni siquiera cuál es su papel, o mejor, la misión que se les ha confiado. En realidad, no sólo están en juego las responsabilidades personales de los adultos o de los jóvenes, que ciertamente existen y no deben ocultarse, sino también un clima generalizado, una mentalidad y una forma de cultura que llevan a dudar del valor de la persona humana, del significado mismo de la verdad y del bien; en definitiva, de la bondad de la vida. Entonces, se hace difícil transmitir de una generación a otra algo válido y cierto, reglas de comportamiento, objetivos creíbles en torno a los cuales construir la propia vida.

 

Queridos hermanos y hermanas de Roma, ante esta situación quisiera deciros unas palabras muy sencillas: ¡No tengáis miedo! En efecto, todas estas dificultades no son insuperables. Más bien, por decirlo así, son la otra cara de la medalla del don grande y valioso que es nuestra libertad, con la responsabilidad que justamente implica. A diferencia de lo que sucede en el campo técnico o económico, donde los progresos actuales pueden sumarse a los del pasado, en el ámbito de la formación y del crecimiento moral de las personas no existe esa misma posibilidad de acumulación, porque la libertad del hombre siempre es nueva y, por tanto, cada persona y cada generación debe tomar de nuevo, personalmente, sus decisiones. Ni siquiera los valores más grandes del pasado pueden heredarse simplemente; tienen que ser asumidos y renovados a través de una opción personal, a menudo costosa.

 

Pero cuando vacilan los cimientos y fallan las certezas esenciales, la necesidad de esos valores vuelve a sentirse de modo urgente; así, en concreto, hoy aumenta la exigencia de una educación que sea verdaderamente tal. La solicitan los padres, preocupados y con frecuencia angustiados por el futuro de sus hijos; la solicitan tantos profesores, que viven la triste experiencia de la degradación de sus escuelas; la solicita la sociedad en su conjunto, que ve cómo se ponen en duda las bases mismas de la convivencia; la solicitan en lo más íntimo los mismos muchachos y jóvenes, que no quieren verse abandonados ante los desafíos de la vida. Además, quien cree en Jesucristo posee un motivo ulterior y más fuerte para no tener miedo, pues sabe que Dios no nos abandona, que su amor nos alcanza donde estamos y como somos, con nuestras miserias y debilidades, para ofrecernos una nueva posibilidad de bien.

 

Queridos hermanos y hermanas, para hacer aún más concretas mis reflexiones, puede ser útil identificar algunas exigencias comunes de una educación auténtica. Ante todo, necesita la cercanía y la confianza que nacen del amor: pienso en la primera y fundamental experiencia de amor que hacen los niños —o que, por lo menos, deberían hacer— con sus padres. Pero todo verdadero educador sabe que para educar debe dar algo de sí mismo y que solamente así puede ayudar a sus alumnos a superar los egoísmos y capacitarlos para un amor auténtico.

 

Además, en un niño pequeño ya existe un gran deseo de saber y comprender, que se manifiesta en sus continuas preguntas y peticiones de explicaciones. Ahora bien, sería muy pobre la educación que se limitara a dar nociones e informaciones, dejando a un lado la gran pregunta acerca de la verdad, sobre todo acerca de la verdad que puede guiar la vida.

 

También el sufrimiento forma parte de la verdad de nuestra vida. Por eso, al tratar de proteger a los más jóvenes de cualquier dificultad y experiencia de dolor, corremos el riesgo de formar, a pesar de nuestras buenas intenciones, personas frágiles y poco generosas, pues la capacidad de amar corresponde a la capacidad de sufrir, y de sufrir juntos.

 

Así, queridos amigos de Roma, llegamos al punto quizá más delicado de la obra educativa: encontrar el equilibrio adecuado entre libertad y disciplina. Sin reglas de comportamiento y de vida, aplicadas día a día también en las cosas pequeñas, no se forma el carácter y no se prepara para afrontar las pruebas que no faltarán en el futuro. Pero la relación educativa es ante todo encuentro de dos libertades, y la educación bien lograda es una formación para el uso correcto de la libertad. A medida que el niño crece, se convierte en adolescente y después en joven; por tanto, debemos aceptar el riesgo de la libertad, estando siempre atentos a ayudarle a corregir ideas y decisiones equivocadas. En cambio, lo que nunca debemos hacer es secundarlo en sus errores, fingir que no los vemos o, peor aún, que los compartimos como si fueran las nuevas fronteras del progreso humano.

 

Así pues, la educación no puede prescindir del prestigio, que hace creíble el ejercicio de la autoridad. Es fruto de experiencia y competencia, pero se adquiere sobre todo con la coherencia de la propia vida y con la implicación personal, expresión del amor verdadero. Por consiguiente, el educador es un testigo de la verdad y del bien; ciertamente, también él es frágil y puede tener fallos, pero siempre tratará de ponerse de nuevo en sintonía con su misión.

 

Queridos fieles de Roma, estas sencillas consideraciones muestran cómo, en la educación, es decisivo el sentido de responsabilidad: responsabilidad del educador, desde luego, pero también, y en la medida en que crece en edad, responsabilidad del hijo, del alumno, del joven que entra en el mundo del trabajo. Es responsable quien sabe responder a sí mismo y a los demás. Además, quien cree trata de responder ante todo a Dios, que lo ha amado primero. La responsabilidad es, en primer lugar, personal; pero hay también una responsabilidad que compartimos juntos, como ciudadanos de una misma ciudad y de una misma nación, como miembros de la familia humana y, si somos creyentes, como hijos de un único Dios y miembros de la Iglesia. De hecho, las ideas, los estilos de vida, las leyes, las orientaciones globales de la sociedad en que vivimos, y la imagen que da de sí misma a través de los medios de comunicación, ejercen gran influencia en la formación de las nuevas generaciones para el bien, pero a menudo también para el mal.

 

Ahora bien, la sociedad no es algo abstracto; al final, somos nosotros mismos, todos juntos, con las orientaciones, las reglas y los representantes que elegimos, aunque los papeles y las responsabilidades de cada uno sean diversos. Por tanto, se necesita la contribución de cada uno de nosotros, de cada persona, familia o grupo social, para que la sociedad, comenzando por nuestra ciudad de Roma, llegue a crear un ambiente más favorable a la educación.

 

Por último, quisiera proponeros un pensamiento que desarrollé en mi reciente carta encíclica Spe salvi, sobre la esperanza cristiana: sólo una esperanza fiable puede ser el alma de la educación, como de toda la vida. Hoy nuestra esperanza se ve asechada desde muchas partes, y también nosotros, como los antiguos paganos, corremos el riesgo de convertirnos en hombres "sin esperanza y sin Dios en este mundo", como escribió el apóstol san Pablo a los cristianos de Éfeso (Ef 2, 12). Precisamente de aquí nace la dificultad tal vez más profunda para una verdadera obra educativa, pues en la raíz de la crisis de la educación hay una crisis de confianza en la vida.

 

Por consiguiente, no puedo terminar esta carta sin una cordial invitación a poner nuestra esperanza en Dios. Sólo él es la esperanza que supera todas las decepciones; sólo su amor no puede ser destruido por la muerte; sólo su justicia y su misericordia pueden sanar las injusticias y recompensar los sufrimientos soportados. La esperanza que se dirige a Dios no es jamás una esperanza sólo para mí; al mismo tiempo, es siempre una esperanza para los demás: no nos aísla, sino que nos hace solidarios en el bien, nos estimula a educarnos recíprocamente en la verdad y en el amor.

 

Os saludo con afecto y os aseguro un recuerdo especial en la oración, a la vez que envío a todos mi bendición.

 

BENEDICTO XVI

 

 

MENSAJE A LA DIÓCESIS DE ROMA

 

SOBRE LA TAREA URGENTE DE LA EDUCACIÓN

21 de enero de 2008

 

© Copyright 2008 - Libreria Editrice Vaticana


Ver más en:

BENEDICTO XVI - DISCURSO A UN GRUPO DE PROFESORES DE RELIGIÓN EN ESCUELAS ITALIANAS –

 

25 de abril de 2009

BENEDICTO XVI - SALUDO A LOS PROFESORES, RELIGIOSOS Y ALUMNOS - 17 de septiembre de 2010

 

COMENTARIO PASTORAL

 

Quizás una de las cuestiones más debatidas de nuestro siglo y de nuestro mundo, sea hoy la educación, la enseñanza, el aprendizaje… A penas nos sentimos ya seguros a la hora de escoger la palabra para designarla, ¡mucho menos nos ponemos de acuerdo en la metodología más adecuada, en la jerarquía de sus fines, en las prioridades de los valores en ella implicados! Tema de grandes discusiones intelectuales, políticas, económicas en algunas latitudes, y tema sangrante por su ausencia, en otras. Millones de mujeres analfabetas, millones de niños sin escolarizar, millones de escuelas destruidas por las guerras…

 

Mientras en Europa nos debatimos acaloradamente sobre las ventajas y desventajas de la aplicación de los acuerdos de Bolonia sobre la educación superior, miles de niños en África caminan durante horas descalzos para poder asistir a la escuela... Pero en cualquiera que sea el lugar nos encontramos con la figura del docente, del educador. Una figura que ha sufrido en occidente una devaluación alarmante y una progresiva falta de reconocimiento y por quien el Papa nos invita a pedir. Y pedir algo muy concreto: “que sepa trasmitir el amor a la verdad”. Porque la educación no es sólo, ni principalmente instrucción, transmisión de conocimientos… sino a aquel cuidado de un sujeto personal al que mirar cada día y al que quisiéramos ofrecer algo más que un conjunto de saberes dirigidos a su mera razón.

 

El docente debe asumir una misión tan preciosa como difícil. Cada vida es una historia en potencia y la posibilidad en ciernes de un nuevo mundo. El influjo que cada persona que frecuenta nuestras aulas puede tener en nuestra sociedad nos es desconocido. Es posible frenar y anular ese futuro, o apoyarlo, nutrirlo y dejarlo abierto. El reto para el docente se agranda: enseñar a aprender, enseñar a pensar, enseñar a buscar, a discernir, a integrar, a madurar la propia conciencia hasta lograr enseñar a amar la verdad. Y para ello debe ser capaz de suscitar el deseo de saber de cosas y saber de vida, debe introducir en la realidad e invitar tanto a la inmersión en la interioridad enigmática de cada uno, como a la abertura al misterio del mundo y del otro. Educar hombres y mujeres apasionados por buscar la verdad. No la verdad filosófica, no la verdad considerada como una selección de contenidos que se imponen sobre otros… sino la verdad ofrecida por el Evangelio, la que es inseparable del amor, la que se manifiesta en la íntima coherencia entre el hacer y el decir, entre el saber y el obrar, en el testimonio de una vida que lo es, por ser para los demás.

 

Ciertamente hay motivos sobrados para pedir por los docentes. A ellos les es entregada la difícil tarea de encaminar hacia esta verdad, mostrándola como amable, es decir, suscitando la fascinación por ella, hasta el punto que ella misma configure a quien la busca, y de tal manera, que se sienta impelido a actuarla con gozo y alegría. Esa verdad se nos ha revelado en la persona de Jesucristo. Sólo esa verdad es amable, digna de fe, camino y vida. Y sólo el Espíritu podrá en último término guiarlos hacia ella.

 

Hermana Nurya Gayol

Esclavas del Sagrado Corazón

Docente en la Universidad de Comillas, Madrid

 

PREGUNTAS PARA UNA REFLEXION INDIVIDUAL

O EN GRUPO

 

1.    ¿Qué tipo de maestro es Jesús, en contraposición a los fariseos y maestros de la ley?

2.    ¿De los maestros o profesores que hemos tenido en la vida, qué les agradecemos, qué hemos valorado más en ellos?

3.    ¿Qué contribución podemos hacer nosotros los cristianos para mejorar el nivel de educación de los niños y jóvenes en nuestro país?

 

TEXTOS BIBLICOS PARA LA CELEBRACION

 

ü  Hch 12,27-31 ser maestro, un don del Espíritu al servicio de la comunidad

ü  Mt 23, 1-36 Jesús denuncia a los maestros de la ley

ü  Jn 13,1-20 Jesús Maestro lava los pies a los suyos