Adopción homosexual no es justa para niños

La Suprema Corte de Legalidad

 

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La Suprema Corte de Justicia de la Nación se debería llamar “Suprema Corte de Legalidad, o de Constitucionalidad”, porque en varios casos reduce sus decisiones no a hacer justicia, sino a declarar si determinado asunto es conforme a nuestra Constitución, o la viola.

 

Acaba de avalar como constitucional la legislación del Distrito Federal, declarando legales las uniones de dos personas del mismo sexo, equiparándolas al matrimonio entre hombre y mujer, y está por decidir si es legal que esas personas puedan adoptar niños. No cuestionan el fondo del asunto: si es conforme a la naturaleza o no una boda “gay”, si es verdadero o falso ese “matrimonio”, si es justo o injusto que un niño y una niña tengan un padre y una madre; se reducen a declarar si eso es conforme o no a la ley del país. ¡Tanto sueldo para eso!

 

Hace un año, esa misma Corte liberó a varios homicidas de Acteal, con el argumento de que el proceso penal estuvo viciado, pero sin definir si eran inocentes o culpables; es decir, no ejerció justicia, sino sólo legalidad; dictaminó justicia legal, pero no real. Por su determinación, andan libres verdaderos asesinos. ¿Eso es justicia?

 

Cuando defendió el derecho al aborto en el Distrito Federal, de igual modo no entró al fondo de declarar si hay vida humana en el ser ya concebido, y por tanto con el derecho básico a la vida, sino sólo si ese crimen está o no contra la Constitución. Puede alegar que, según la ley, eso es lo que les corresponde; pero eso es lavarse las manos y hasta ser cómplice de injusticias. ¡Debería hacer honor a su nombre, o cambiarlo!

 

JUZGAR

El legalismo encadena y limita, pues puede haber leyes injustas, incluso aprobadas con todo el procedimiento jurídico, pero que violan derechos fundamentales. Esto pasa cuando en una asamblea ejidal, indígena o mestiza, la mayoría aprueba decisiones no siempre justas, por ejemplo de intolerancia religiosa. Aunque sea decisión tomada por consenso, no por ello tiene valor absoluto, pues hay derechos humanos que no están sujetos a la aprobación de mayorías. Aunque la mayoría de los ministros de la Suprema Corte digan que algo es legal, no por ello automáticamente es justo.

 

Los miembros convencidos de nuestra Iglesia seguiremos defendiendo la inviolabilidad de la vida humana, aunque tenga sólo unos segundos de iniciada en el seno materno, a pesar de decisiones que legitimen legalmente lo contrario. Defenderemos la configuración natural del matrimonio sólo entre hombre y mujer, no sólo por razones de nuestra fe, sino hasta por razón natural: hombre no complementa ni fecunda a hombre; mujer no complementa ni fecunda a mujer, aunque lo avale la Suprema Corte.

 

ACTUAR

Seamos congruentes con nuestras convicciones humanas y nuestra fe. Con esta luz, analicemos qué leyes humanas están de acuerdo con la justa razón y con la Palabra de Dios, y cuáles son distintas o adversas. Seamos coherentes con nuestra concepción de la naturaleza humana y nuestras creencias, y no absoluticemos una ley humana que es temporal y transitoria, circunstancial y fruto de intereses y presiones de diversa índole, de políticas mundiales contagiosas, de modas advenedizas.

 

Comprendemos a las mujeres que deciden abortar, con ley y sin ley, por una u otra razón, en el Distrito Federal o en cualquier parte, creyentes o indiferentes, pero no podemos aplaudir su proceder y siempre consideraremos el aborto provocado como un asesinato con todas las agravantes, reprobado por Dios, aunque la Suprema Corte lo avale y personas u organizaciones lo recomienden. Nuestra actitud pastoral hacia quienes se arrepienten y buscan el perdón de Dios, será de bondad y comprensión, como es el amor misericordioso de Dios y la redención plena en Cristo.

 

Respetemos y acompañemos pastoralmente a quienes tienen tendencias sexuales diferentes, evitando homofobias y discriminaciones, pero defendiendo clara y audazmente el orden de la naturaleza, que para nosotros es obra de Dios y merece todo nuestro respeto, porque no está sujeto al arbitrio humano. Si alguien no tiene esta fe, se le respeta; pero que también nos respete.

 

 

+ Felipe Arizmendi Esquivel

Obispo de San Cristóbal de Las Casas

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