La solidaridad

Rogelio Cabrera López
Arzobispo de Tuxtla

Conf. del Episc. Mex.

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El día 31 de agosto, nos permite reflexionar sobre uno de los grandes valores de nuestra condición humana: el de la solidaridad.

Este día  Internacional de la Solidaridad, la ONU nos recuerda que  no es solo un requisito de carácter moral, ni una respuesta que solo se debe vivir en acontecimientos de contingencia; sino es un valor permanente, que ayuda al desarrollo, al respeto , logrando que los lazos de justicia y paz de vuelvan más sólidos.

“Un camino en solitario lleva inexorablemente al aislamiento. Las estructuras supranacionales, fundadas precisamente en el principio de la solidaridad con el debido respeto a las particularidades locales y la diversidad cultural, ofrecen la posibilidad de un desarrollo pleno y estable”.

La Iglesia, tiene una fuerte experiencia, en la que se constata que la solidaridad es el camino por donde se desarrolla la caridad; ésta primera debe ir de la mano con el principio de subsidiaridad, y de esta manera la responsabilidad recae en ambas partes en quien ofrece y en quien recibe, cada uno desde su situación concreta.

Por las situaciones climáticas por las que atraviesa, no sólo nuestro Estado, sino varios lugares de México, conviene estar atentos para ofrecer aquello que podamos. He pedido de manera especial a todos los fieles para  localizar desde nuestras parroquias lugares que puedan usarse, en caso de emergencia, como refugios, así como hacer llegar la ayuda por medio Cáritas.

La Solidaridad, fundamenta la doctrina social de la Iglesia, como  lo formuló  el Papa Juan Pablo II en su carta encíclica «Sollicitudo Rei Socialis» (1987). De frente el fenómeno de  la globalización y a la creciente interdependencia de las personas y los pueblos, debemos tener en mente que la familia humana es una. La solidaridad nos invita a incrementar nuestra sensibilidad hacia los demás, especialmente hacia quienes sufren. El Santo Padre añade que la solidaridad no es simplemente un sentimiento, sino una «virtud» real, que nos permite asumir nuestras responsabilidades de unos con otros. El Santo Padre escribía que no es «un sentimiento superficial por los males de tantas personas, cercanas o lejanas. Al contrario, es la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común; es decir, por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos» (SRS, 38).


+ Rogelio Cabrera López
Arzobispo de Tuxtla


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