Las tres hermanas del alma

 

Por: Eduardo Casas


Texto 1.

    Hoy vamos a hablar de las tres hermanas del alma, las llamadas “virtudes teologales”: la fe, la esperanza y la caridad. Esos dones que Dios comunica con su gracia y que se vuelven el sostén y los cimientos de toda la construcción espiritual en la que Dios permite nuestra libre colaboración.

    Todos las demás virtudes, dones y carismas -con que Dios adorna la belleza singular de cada interioridad- están apuntaladas y estructuradas en la columna de estas tres principales virtudes, sin las cuales, no se puede ser agradable a Dios y que se nos comunican con la gracia del Bautismo y –a lo largo de toda la vida- pueden continuar creciendo.

    No es mi pretensión hablar abstractamente sobre estas tres “reinas” de la vida espiritual. Tal vez sea mejor que ellas mismas se presenten, una por una y cada cual hable de sí y por sí misma. Seguramente aprenderemos al escucharlas.

    Bien, entonces, convoquemos a las tres hermanas a nuestra casa. Llamémoslas a todas y que una por una, nos hable sinceramente al corazón. Escuchemos lo que tienen para decirnos. Ellas habitan en nuestro interior…



Texto 2.

    Yo soy la primera de las tres hermanas. A pesar de ser la primera, no soy la más importante. Sin embargo, tengo mi lugar. Al menos creo tener un lugar importante. Digo “creo” porque eso es lo que me define. Mi nombre es “fe”.

    Soy la primera de las llamadas “virtudes teologales”. Aquellos dones sólo dados por Dios a los corazones. No son regalos que el ser humano pueda merecer u obtener por méritos y esfuerzos. Dios los concede gratuita y generosamente.

    Yo soy la fe y tengo a Dios como centro. En Él creo y a Él le creo. Creo lo que me dice y creo porque Él me lo dice.

    Es cierto que hoy me han popularizado. Se cree en los hombres honestos y sinceros. Se cree en la patria. Se cree en los amigos. Se cree en el destino. Se cree en la familia que uno tiene. Se cree en los propios sueños y fuerzas. Se cree –en fin-  de muchas maneras y en muchas cosas. Además se puede creer en varias realidades a la vez.

    También cada una de las personas hace “actos de fe” en su propia existencia: cada uno cree en el día en que nació y en la fecha que consignan, cree que el nombre que tiene es el nombre verdadero que le han puesto, cree lo que le han dicho de la historia personal, de la historia familiar o de la historia del propio país que no se ha vivido directamente, etc.

    Esa fe es una fe, podemos decir, “natural”, una fe “humana”. Nace casi espontáneamente en el corazón humano. Esa fe no tiene que ver necesariamente conmigo. Es una pariente lejana, si se quiere. Ciertamente la fe en Dios no excluye la fe en las realidades humanas. Es más: yo supongo esa fe, la fe “humana”. Ella se asienta  en mí pero, a la vez, la supero infinitamente.

    Ciertamente el que yo venga directamente de Dios me distingue en cuanto a mi origen. La fe humana y social la pueden tener incluso los que no creen en Dios. El que yo sea una fe “divina”, “sobrenatural” –o sea que sobrepase lo meramente “natural”- no me hace adivinar los secretos y  respuestas para todos los interrogantes y misterios de la vida. Eso sería imposible. Yo soy una luz que alumbro “sentidos” de vida y para la vida. A través de esos “sentidos” ciertamente se pueden ir encontrando algunas respuestas posibles para los enigmas del existir humano. Eso va a depender también de cada uno y de su propia búsqueda.

    A veces “alumbro” e ilumino; otras veces, me pongo más sombría y produzco una especie de cielo nublado en el alma. Me vuelvo una especie de “claroscuridad”. Dejo “entrever”,  hago intuir y adivinar. No soy una certeza absoluta y una evidencia clara que se pueda constatar.

    Soy la fe: camino tanteando en lo invisible. Si pudiera ver y tocar,  palpar y comprobar, dejaría de ser fe y me convertiría en otra especie de conocimiento. No todo es un saber comprobable y tangible. No todas las realidades son  directamente verificables.

El centro de mi misma es –nada menos- que Dios. El misterio de Dios es mi “eje”. Lo esencial es invisible para quien aprende a contemplar y a mirar.

    Es cierto que también ilumino e interpreto otras realidades humanas concretas, tangibles y perceptibles. Puedo ayudar a conocer el secreto de ciertas experiencias humanas o, al menos, ayudo a descifrarlas: el sufrimiento, la muerte, la soledad, la amistad, el amor… en fin… esas realidades que –por su profunda densidad- se las denomina “cuestiones existenciales”.

    Hay quienes creen que por tener fe, no van a pasar en la vida situaciones difíciles, problemáticas y  angustiantes. Muchas veces escucho que se dirigen a Dios, en mi nombre, un poco equivocadamente. Hay quienes le reclaman a Dios diciendo: “¿Por qué me pasa todo esto si yo soy bueno, soy honesto, no hago mal a nadie, no me meto con nadie, no ando en cosas «raras». Soy una persona digna. Yo tengo fe: ¿por qué, entonces, me pasa todo esto?”…

    Con todo el respeto que se merecen esas personas y sus planteos, tengo que aclararles que poseer fe no significa tener “solucionada” la vida. No soy una “anestesia” para los dolores, un tranquilizante para los sufrimientos, una goma de borrar los errores, una “protección” contra los males y sufrimientos.

    Dios no ha prometido nada de eso. Yo no suplo, ni ahorro, ni quito nada de lo que cada uno tenga que vivir en su propia vida. Si así fuera, bastaría tener fe para que se solucionasen fácilmente todos los conflictos.

    Dios nos da fe pero no nos quita los problemas. Yo ayudo a descubrir el sentido que tienen esas realidades en la vida. Ciertamente a algunos, esto le parecerá poco pero, yo creo –permítanme decirles “yo creo” porque a pesar de ser la fe, también “yo creo”, si dejara de creer en Dios dejaría de ser la fe- bien, entonces, decía, “yo creo” que darles un sentido a lo que vivimos,  no es para nada “poco”. No es lo mismo vivir con fe que sin fe. No es lo mismo el aprendizaje de las cosas en la vida, teniendo fe que no teniéndola.

     A algunos le puede parecer una insignificancia, les puede parecer un alcance muy humilde; sin embargo, yo creo –permítanme decir nuevamente “yo creo”- que mi papel es importante.

    ¿Qué sería vivir absolutamente sin mí?... Bueno… algunos lo hacen… Sí, algunos viven si fe. Se dicen ateos, agnósticos, indiferentes, escépticos, incrédulos…. Hay muchos -en este tiempo- que viven así.

    No tener un sentido profundo para vivir, termina desmotivando y secando la existencia, la vuelve una agonía…

    Realmente hasta me parece heroico enfrentar la vida y el sufrimiento, la soledad, el desamparo, la frustración y sobre todo la muerte sin tenerme cerca, sin gozar de la fuerza que puedo otorgar. No poder servirles de sostén y de bastón para ese tránsito tan importante. Estar definitivamente solo frente al misterio de la muerte. Sin fe, cuando acontece la muerte no se está frente a Dios sino, solamente, frente a sí mismo. Debe ser duro estar definitivamente sólo frente a sí mismo en ese momento; sin nada y sin nadie más. Ni siquiera permitirse el consuelo de la fe para ese acontecimiento único, original y supremo. No sostenerse de una fe que proclame que la vida continúa. Supongo que debe ser muy severa esa soledad: estar sólo frente a sí mismo como único espejo. 

    Debe ser difícil creer que uno no sólo se va definitivamente de este mundo sino que –incluso- deja de ser totalmente. En definitiva, incluso esta actitud revela -al menos- que se cree eso: que todo termina y que después no hay nada. Esa convicción es también, de algún modo, creer. Es una especie de fe. Los que no creen también, de alguna manera, en algo creen, al menos en eso, aunque más no sea en que todo se termina,  en que no hay nada, ni nadie, en que todo después de esta vida concluye para siempre.

    En definitiva, el ser humano siempre cree en algo o en alguien, incluso cuando no cree nada, ni  en nadie. Es la paradoja de “una fe de la no fe”, la extrañeza de “creer en el no creer”. Al menos uno tiene que creer en sí mismo para poder subsistir.
   
Hay otros que piensan que yo, por ser la fe, no tengo nada que ver con las “crisis de fe” o con los cuestionamientos a Dios o con las dudas que carcomen el alma… Nuevamente en esto se equivocan…

    Si yo que soy la fe, no tuviera crisis de fe, ¿cómo podría crecer y madurar?, ¿cómo podría robustecerme y afianzarme?; ¿cómo podría superarme y adelantar?

    Una fe sin crisis es una fe sin vida, sin movimientos, sin cuestionamientos, sin preguntas por hacer, sin conflictos que resolver…

    ¿Ustedes creen que la fe no duda? Precisamente porque soy fe, dudo. Si no dudara, no podría tener fe. No soy una certeza. No soy una evidencia. No soy una comprobación. La duda también tiene lugar en mi interior. Muchas veces, la duda es mi propio motor de búsqueda. En muchas ocasiones la duda posibilita mayor fe.

    Quizás les puedo parecer, por esto que estoy afirmando, bastante poca cosa: una fe con dudas,  zozobras, angustias, controversias, debates, cavilaciones, discusiones y cuestionamientos. Ni siquiera soy una fe que ahorra malos momentos de la vida. Una fe que -de tanto en tanto- se oscurece en vez de iluminar y cuando ilumino solamente lo hago para mostrar un sentido espiritual de la realidad.

    En medio de un mundo con muchos que no creen o algunos que se han olvidado de cultivar la fe que tenían,  que la han dejado agonizar en el recuerdo o la toman como una costumbre que resucita sólo de vez en cuando para determinadas ocasiones, ciertamente, a muchos les puedo parecer débil, vulnerable, poca cosa, movida por el viento, flexibilizándome de aquí para allá.
   
Sin embargo, allí radica mi secreto: soy más fuerte de lo se supone aunque parezca una pequeña lucecita flameante en medio del viento voraz, una pequeña chispa en medio de toda la cerrada oscuridad, una extrema fragilidad en medio de la insolente prepotencia de los que usan la fuerza.

    En fin, mi grandeza está en la pequeñez. Sin embargo, mi pequeñez no es minusvalía porque puedo sostener el mundo y los corazones en un solo suspiro.

    ¡Yo, verdaderamente soy feliz!: a pesar de toda mi insignificancia, he llegado a conquistar el corazón de Dios.


Texto 3.

    Yo soy la segunda de las tres hermanas. Tampoco soy la más importante. Soy la del medio, la que dicen todos que se lleva la peor parte. No soy la primera a quien le dan toda la atención, ni soy la última, a quien le dan mayor libertad. Soy la del medio, casi paso inadvertida. Algunos ni me registran. Sin embargo, yo también he llegado a tener y a ocupar mi propio lugar y espero que sea un lugar en el que otros puedan sentirse seguros. Digo “espero” porque, a propósito, mi nombre es “Esperanza”.

    Formo parte de esta familia de las “virtudes teologales” que nacen de Dios y se dirigen a Él exclusivamente. Ciertamente también hay esperanzas humanas, nacidas de la inclinación del corazón para con diversas situaciones de vida, pero no me refiero a esa clase de esperanza que, si bien, no me excluyen necesariamente, tampoco –necesariamente- me incluyen. De hecho, existen quienes esperan en muchas cosas pero no esperan en Dios, ni por Dios.

    Hay quienes esperan un llamado, una carta, una posibilidad, un encuentro, una reconciliación, un trabajo, un hijo… en fin, se puede esperar en todo lo humano y -sin embargo- no descubrir que la existencia es un don que espera en Dios,  por Dios y para Dios.

    Las esperanzas humanas pueden ser actos sencillos y puntuales de espera pero no constituirse verdaderamente en virtud porque para que la esperanza llegue a serlo tiene que ser constante y reconocer que viene de Dios y se conduce a Él.

    En medio de las situaciones -a menudo tan dramáticas- que se viven en este mundo, hay quienes sólo esperan en Dios. Se sienten defraudados por cualquier otra espera. Ya no esperan ni en la gente, ni en los políticos, ni  en los cambios del mundo y de la sociedad. Sólo esperan en Dios.

    Hay que esperar en Dios y también esperar en aquellas otras realidades humanas que aún tienen fuerzas de sueños por cumplir. Es preciso que nos comprometamos para ir cambiando algunas realidades, aunque sean humildes. Los pequeños cambios pueden generar grandes esperanzas.

    Sólo basta una pequeña esperanza para cambiar el mundo. O bueno, si no es “el mundo”, será “algún mundo” o quizás “nuestro mundo” o tal vez “mi mundo”. Sólo basta una diminuta esperanza.

    Por mi parte, he aprendido a convivir con miedos, temores, incertidumbres, perplejidades, inseguridades, desconciertos, angustias, recelos, sospechas, prevenciones, vacilaciones, titubeos, zozobras y fluctuaciones…. No estoy ajena a nada de eso. Yo también tengo mis sacudidas, zarandeos y cimbronazos. Confieso que tengo también mis propias crisis. Sin embargo, todo eso me sirve para purificar mejor aquello que espero: acrisolarlo y cuidarlo mejor.

     Algunos suponen que soy igual que la ilusión, el anhelo, el deseo, el optimismo, la utopía. No… yo soy totalmente distinta. Esos son sueños, quimeras, ensoñaciones, imaginaciones, fantasías que ayudan para algunos tramos del camino pero no alcanzan para sostener la vida entera. Son “disfraces” de esperanza a corto plazo.

    Yo vengo como enviada y embajadora de Dios al corazón humano y todo ese séquito, en cambio, son invenciones del espíritu que necesita robustecerse a sí mismo para seguir estando en pie.

    Yo -en cambio- a pesar de estar inmersa en lo cotidiano, ayudo a elevar el horizonte y la mirada, colaboro para alzar la vista y el corazón hacia el cielo, mi definitiva morada. 

    Acompaño a los que están peregrinando durante el viaje de esta vida hasta depositarlos en los umbrales de las puertas del cielo. Llego hasta allí pero, después, no entro porque en la eternidad, la espera ya no tiene sentido. Allí se posee definitivamente lo que tanto se había esperado.

    Mientras eso llega, durante el viaje de la vida, alimento las ansias y el empeño de los seres humanos, los aliento mientras caminan y tropiezan para que no se queden en medio del camino. Los animo para que continúen avanzado permanentemente. Deseo que siempre sigan adelante. Soy el mejor nombre que tiene el futuro.

    Y a los que se han ido, a los que ya han partido, de vez en cuando, resucito su recuerdo para los que permanecen en medio de las faenas y fatigas de este mundo, tengan así un suave alivio porque las fuerzas de aquellos que los han amado, estimula continuamente a seguir.

    Cada noche, al finalizar la jornada –yo, la Esperanza-  hablo al corazón de los mortales, les recuerdo y les susurro que sólo Dios basta, que Él es nuestra más firme esperanza, el ancla de nuestro corazón, la brújula de nuestro andar. Cada jornada amanezco  retomando fuerzas para re-andar el camino como si fuera el primer viaje.  Cada día para mí es un buen día. Es una hermosa travesía de aventura y conquista, sueño y destierro. La vida conmigo, canta y camina. Cada tiempo es un presente propicio y único que se regala, sin repetición posible. Es singular e irrepetible en todo el largo curso de la historia. Es nuevo, siempre es joven. Siempre es “otro tiempo”.

    Soy la esperanza que se cultiva en la historia y en el tiempo pero también alzo mis alas a lo eterno. Allí no hay confín posible. No hay barreras, ni límites. Todo se ensancha con la medida de la infinitud, sin agotarla nunca.

    Con mis pies en la tierra, elevo mis brazos al cielo. Respiro hondo. Busco lo alto. Me sumerjo en lo profundo. Habito el deseo de todo lo imaginable. Creo sueños. Invento horizontes. Surco caminos. Transito viajes. Navego por infinitos mares….

    Soy una esperanza que sueña, una esperanza que espera. Te acompaño durante el camino y si ya te has ido de mi lado y si ya te he dejado, con tu equipaje, en el umbral de la puerta de Dios, entonces, será hasta el momento en que, por fin, se de nuevamente el re-encuentro y te vuelva a ver. En el cielo, te veré y aunque me hayas mirado para despedirte y te hayas alejado, tu vuelo no tiene límites. Te has adueñado de la luz del cielo que encendida de color marfil, brillará por siempre, sin fin. Susurra una flor a la distancia y se escucha tu voz, todo ruido -de pronto- se hace calma. Te haré soñar cada noche con tu amor. Será tu estrella enamorada y brillará con la luz del cielo. Alma de mi alma te voy a cuidar, me has hecho soñar. Yo sé que te voy a encontrar cuando el cielo me llame a volar. Lo sé, yo soy la esperanza, te
veré en el cielo, yo sé que allí te veré.


Texto 4.

    Yo soy la tercera de las tres hermanas. Aunque soy la última también soy la más importante, no porque yo lo diga. Hay quienes lo han afirmado con más autoridad que yo. Me llamo “Caridad” y soy      -de todas las virtudes teologales-la más parecida al amor   

Ciertamente no todos me identifican con el “amor” porque éste se expresa en una variada gama de registros: el sentimiento, la actitud y la pasión. Yo, en cambio, soy una virtud, un hábito para el bien y tengo una presencia permanente y estable del alma. No soy una realidad pasajera, como algunos amores que un día están y otro, desaparecen. Como soy -al igual que mis hermanas, la fe y la esperanza- virtudes teologales, reconocemos sólo en Dios nuestro origen y fin. Venimos de Él y vamos hacia Él.

    Con los amores humanos tengo una diferencia notable, ya que son nacidos de la voluntad humana y tienen como destino a diversas personas o afectos ligados a las cosas. Yo, en cambio, como verdadera caridad, soy parte del mismo amor con que Dios nos ama. A tal punto que -cuando los seres humamos aman con verdadera caridad- aman con el amor que el mismo Dios les concede, aunque amen a otros seres que no sean Dios.

    En verdad, soy una sola caridad que ama a Dios y a los seres humanos ya que cuando se ama con mi amor, se ama con el amor de Dios.

    Ésa es mi grandeza: hago que los amores humanos se impregnen de la fuerza y de la naturaleza del amor divino. El amor humano conmigo se hace divino. Comunico todas las cualidades del amor de Dios.

    Tengo dos brazos: uno para el amor de Dios y otro para los amores humanos. Cuando uno quiere discernir cómo está en el amor a Dios, tiene que ver cómo anda en el amor a los demás y cuando se quiere descubrir cómo se anda en el amor humano, hay que verificar cómo se ama a Dios. No son dos amores. En la caridad, son uno sólo.
   
    Así como no existen dos corazones, de igual manera, no existen dos amores. No hay dos “caridades”. Sólo hay un solo Dios, un solo corazón y una sola caridad.

    En verdad, yo soy el “alma” de cualquier otra virtud. Allí donde está el bien, allí existo yo. La prudencia, la justicia, la templanza, la fortaleza, la humildad y todas las otras virtudes humanas, nada serían sin mí. En todas resplandezco un poco porque no hay mejor, ni mayor perfección que el amor y el amar.

    A tal punto que Dios mismo y su misterio se ha identificado con el amor. La Biblia afirma -en una frase de tres palabras- la sentencia más sencilla y, a la vez, la más honda y hermosa acerca de Dios. La frase afirma: “Dios es Amor” (1 Jn 4, 8. 16). Esta no es una “definición” sino una descripción, una aproximación de lo que es Dios en su misterio: Dios es -infinita y eterna- caridad. Es un amor inmenso, que siempre permanece y nunca se agota. Constantemente amaneciendo. No conoce ocaso, ni eclipse. Nunca mengua, ni declina. Es dinámico, operativo y activo. Sostiene todo otro amor. Vive en todo otro amor. En todo amor humano convive un secreto escondido del amor divino.

    Mis dos hermanas -que me han precedido- culminarán un día su camino y su misión. La fe llega hasta el cielo. La esperanza arriba al umbral de las puertas de Dios. Sólo yo –la caridad- entro adentro, en el corazón del Santuario celeste. La fe y la esperanza desaparecerán. Allá en el cielo, se transformarán. La fe dejará de creer cuando, deslumbrada, vea a Dios, cara a cara, a quien en la tierra, su rostro le estaba vedado. La esperanza dejará de esperar cuando -en el cielo- posea, con deleite, el anhelo que tanto ansiaba y por el cual suspiraba: Dios mismo. Sólo yo seguiré detrás de las puertas del cielo. La fe dejará de creer, la esperanza terminará de esperar pero yo nunca –nunca- dejaré de amar. En el cielo amaré aún más. Allí  -cuando comulgue completamente con el Dios que es amor- amaré sin descansar.

    Yo les prometo que aquél que me haya tenido en su corazón, lo tendrá –definitivamente- a Dios. No hará falta ningún acto extraordinario de amor. Los pequeños actos de amor ordinarios de cada día son suficientes para el cielo. Para el amor, no hay nada pequeño. En el amor, no hay medidas. No hay “más”, ni “menos”. No hay grande, ni  pequeño. Sólo hay intensidad. Los humildes amores de cada día, sostenidos a lo largo de toda una vida, pueden convertirse en amores heroicos y magnánimos. Grandes amores, callados y ocultos son los sostienen el universo entero y su movimiento.

    El amor es, en sí mismo, todos los milagros juntos. Contiene todas las riquezas. Guarda en sí, todos los talentos y dones. Es fecundo en todos los frutos y obras. El amor es lo único que se necesita para llegar a Dios. Es lo único que se precisa para agradarle a Él porque Él es sólo eso: es sólo amor.

    Muchos, respecto a Dios, se han equivocado al reemplazar al amor por el temor. Dios merece respeto pero no hay que confundirlo con el temor, ya que éste teme al castigo. En Dios no hay lugar para el temor. Dios no castiga. Dios es amor que sólo ama.

    Es cierto que algunas pruebas de nuestro aprendizaje son un tanto duras pero, de ningún modo, constituyen un “castigo” de Dios. El Dios cristiano no castiga. El Dios que nos reveló Jesús es un Padre cariñoso y misericordioso que siempre ama. Dios es amor, no es amenaza de castigo, ni venganza justiciera.

    Dios es caridad: yo -la caridad- soy un reflejo de su gracia en el corazón humano que ama. Yo soy el espejo más perfecto del Dios que es amor. Quien me tenga en su corazón, lo tiene a Dios.


Texto 5.

Hemos dejado que hablen las tres hermanas del alma: la fe, la esperanza y la caridad. Cada una se ha expresado y se ha comunicado. Las tres tienen un punto en común: son virtudes. Nos hacen obrar el bien. Su presencia es dinámica. Se pueden ciertamente perder pero, también, se pueden nuevamente reconquistar y cultivar. Se pueden también acrecentar. El arrepentimiento hace nuevamente ganar lo perdido.

Las tres provienen sólo de Dios y a Él se remiten. Nos centran sólo en su misterio y lo abrazan. Lo tocan directamente. Llegan hasta el mismo corazón de Dios sin intermediarios.

Las tres, igualmente, se asientan en virtudes humanas, nacidas del crecimiento y el desarrollo de la voluntad humana en su madurez. Hay una fe para las cosas humanas. Hay una esperanza para las cosas que esperamos humanamente y hay también un amor humano. La fe, la esperanza y el amor sobrenatural se asientan en esas virtudes humanas y, además, las desarrollan y plenifican.

La fe, la esperanza y la caridad, -las tres- se transformarán al llegar a su destino final. La fe dará paso a la visión de Dios; la esperanza se transfigurará en posesión de aquello que siempre anheló y a lo cual tendió nuestro corazón en su búsqueda de felicidad y la caridad se volverá perfecta comunión, sin temor a la ruptura, la separación, la distancia o la ausencia. Todo habrá llegado a su destino consumado

Las tres hermanas nos dibujan la belleza, la armonía y la perfección del rostro de Dios. La fe, la esperanza y la caridad nos revelan ese prisma en el cual la luz de la gracia se refracta y se divide en múltiples colores. Las tres virtudes constituyen el calidoscopio de los más bellos diseños de Dios.

La fe es el bastón en el cual nos sostenemos durante el camino. La esperanza es la brújula que nos indica la dirección correcta para no perdernos y la caridad es el destino final de nuestro viaje.

La fe, la esperanza y la caridad mientras estamos en el tiempo preparan lo eterno. En tanto transitamos cronológicamente en lo sucesivo del tiempo nos acompañan en el ritmo continuo del ayer, del hoy y del mañana. El pasado, el presente y el futuro. El hoy es para la fe, el mañana es para la esperanza y el siempre que perdura es para el amor. El presente es para la fe, lo que vendrá es para la esperanza y la eternidad será para el amor. Todo unido en una misma trenza, en un mismo lazo, en una misma cadena.

    Las virtudes de la fe, la esperanza y la caridad son virtudes –podemos decir- “exuberantes” y  “pródigas” porque en su esencia son todo lo inmoderadas que pueden ser: la caridad perdona lo imperdonable, ama hasta lo no amable como los enemigos, por ejemplo; la esperanza espera incluso cuando todo es desesperanza y desesperación. Cuando todo está perdido en la ciega oscuridad, ella alumbra diáfana, sencilla y serena.  La fe, por su parte, cree lo increíble: un Dios que uno y trino a la vez, un Dios hecho hombre, una virgen que es madre y una madre que es virgen, etc. Ciertamente las virtudes teologales son –podemos decir- totalmente “inmoderadas” están por encima de toda medida, mesura, circunspección, compostura, ponderación y reserva. Están más allá de toda prudencia humana. En eso, las tres virtudes reflejan a Dios, siempre mayor a todos nuestros alcances.

¿Cuál de estas tres virtudes es la más te gusta y cuál la que más te cuesta?; ¿cuál es la que más practicás?; ¿permitís que tu fe tenga crisis y dudas?; ¿dejás que tu esperanza se permita declives y que tu caridad a veces se entibie?; ¿cuál de estas tres hermanas es la que hoy más necesitás?...

Fe, esperanza y amor: tres nombres que nos revelan el secreto mismo de Dios.

 


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