Benedicto XVI

FUENTE: Diccionario Católico de Silvio Ramírez B.


Sucesor de Juan Pablo II. Nació en Marktl am Inn, en Baviera, Alemania, el 16 de abril de 1927, bautizado como Josef Ratzinger. De familia campesina, su padre fue comisario de gendarmería, aunque también se desempeñaba como maestro. Pocos meses antes de finalizar la guerra promovida por Adolfo Hitler fue reclutado en el ejército nazi, desertando un tiempo después.

Fue ordenado sacerdote el 29 de junio de 1951. Se desempeñó como profesor de Teología en las universidades de Bonn (1959-1963), Munster (1963-1966) y Tubinga (1966-1969) y de Dogmática en la universidad de Ratisbona. El Papa Pablo VI, el 24 de marzo de 1977, le nombra arzobispo de Munich y Freising, y el 27 de junio de ese mismo año es elevado a la dignidad de Cardenal. En 1981 el Papa Juan Pablo II le nombra Prefecto de la Congregación pára la Doctrina de la Fe, con sede en el Vaticano. También fue presidente de la comisión que redactó el nuevo Catecismo de la Iglesia católica, aprobado el 11 de octubre de 1992. El 19 de abril de 2005 fue elegido Papa en el primer Cónclave del siglo XXI.

De su prolífica obra escrita (dedicada a la Iglesia, a la eucaristía y a las relaciones entre la teología y el magisterio eclesiástico, y en la que Ratzinger insistió en el tema de la racionalidad de la fe como cuestión crucial de nuestra época) destacan Introducción al cristianismo (1968) y Fe y futuro (1970).


Biografía Oficial


CIUDAD DEL VATICANO, 19 ABR 2005 (VIS).-Ofrecemos a continuación la biografía oficial del nuevo Papa Benedicto XVI, cardenal Joseph Ratzinger:

El cardenal Joseph Ratzinger, Papa Benedicto XVI, nació en Marktl am Inn, en la diócesis de Passau (Alemania), el 16 de abril de 1927. El padre, comisario de la gendarmería, provenía de una antigua familia de agricultores de la Baja Baviera. Pasó la adolescencia en Traunstein y fue llamado en los últimos meses de segundo conflicto mundial en los servicios auxiliares antiaéreos.

Era prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, presidente de la Pontificia Comisión Bíblica y de la Pontificia Comisión Teológica Internacional, decano del Colegio Cardenalicio.

De 1946 a 1951, año en que fue ordenado sacerdote (29 de junio) e iniciaba su actividad de profesor, estudió filosofía y teología en la universidad de Munich y en la escuela superior de Filosofía y Teología de Freising. En el año 1953 se doctora en Teología con la disertación "Pueblo y casa de Dios en la doctrina de la Iglesia de San Agustín". Cuatro años más tarde obtenía la cátedra con su trabajo sobre "La Teología de la Historia de San Buenaventura".

Tras conseguir el encargo de Dogmática y Teología Fundamental en la escuela superior de Filosofía y Teología de Freising, prosiguió la enseñanza en Bonn, de 1959 a 1969, Münster de 1963 a 1966 y Tubinga, de 1966 a 1969. En este último año pasó a ser catedrático de Dogmática e Historia del Dogma en la Universidad de Ratisbona y vicepresidente de la misma universidad. En 1962 aportó una notable contribución en el Concilio Vaticano II como consultor teológico del cardenal Joseph Frings, arzobispo de Colonia.

Entre sus numerosas publicaciones ocupa un lugar particular "Introducción al Cristianismo", recopilación de lecciones universitarias publicadas en 1968 sobre la profesión de fe apostólica; "Dogma y revelación" (1973), antología de ensayos, predicaciones y reflexiones, dedicadas a la pastoral. Obtuvo una notable resonancia el discurso pronunciado ante la Academia Católica bávara sobre el tema "¿Porqué sigo todavía en la Iglesia?, en la que afirmaba: "Solo es posible ser cristiano en la Iglesia y no al lado de la Iglesia". En 1985 publica "Informe sobre la fe" y en 1996 "La sal de la tierra".

El 24 de marzo de 1977, Pablo VI lo nombró arzobispo de München und Freising. El 28 de mayo sucesivo recibía la consagración episcopal. Fue el primer sacerdote diocesano que asumió después de 80 años el gobierno pastoral de la gran diócesis bávara.

Creado cardenal por el Papa Pablo VI en 1977, fue relator en la V Asamblea General del Sínodo de los Obispos (1980) sobre el tema: "Los deberes de la familia cristiana en el mundo contemporáneo" y presidente delegado de la VI Asamblea sinodal (1983) sobre "Reconciliación y penitencia en la misión de la Iglesia".

El 25 de noviembre de 1981 fue nombrado por Juan Pablo II prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe; presidente de la Pontificia Comisión Bíblica y de la Pontificia Comisión Teológica Internacional.

El 5 de abril de 1993 entró a formar parte del orden de los obispos, con el título de la Iglesia Suburbicaria de Velletri-Segni.

El 6 de noviembre de 1998 fue elegido vicedecano del colegio cardenalicio. El 30 de noviembre de 2002 el Santo Padre aprobó la elección de decano del colegio cardenalicio, realizada por los cardenales del orden de los obispos.

Fue presidente de la Comisión para la preparación del Catecismo de la Iglesia Católica, que tras seis años de trabajo (1986-1992) pudo presentar al Santo Padre el nuevo Catecismo.

El 10 de noviembre de 1999 recibió el doctorado "honoris causa" en Derecho por la Universidad italiana LUMSA.

Desde el 13 de noviembre de 2000 era Académico honorario de la Pontificia Academia de las Ciencias.

Fue creado cardenal por Pablo VI en el consistorio del 27 de junio de 1977, titular de la Iglesia Suburbicaria de Velletri-Segni (5 abril 1993) y de la Iglesia Suburbicaria de Ostia (30 noviembre 2002).

Era miembro del Consejo de la II Sección de la Secretaría de Estado, de las Congregaciones paras las Iglesias Orientales, para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, para los Obispos, para la Evangelización de los Pueblos, para la Educación Católica; del Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos y de las Pontificias Comisiones para América Latina y "Ecclesia Dei".

El por qué del nombre Benedicto XVI

el Santo Padre explicó a los peregrinos la razón del nombre que eligió al ser nombrado Obispo de Roma y Pastor de la Iglesia Universal. Dijo: “He querido llamarme Benedicto XVI para relacionarme idealmente al venerado Pontífice Benedicto XV, que ha guiado a la Iglesia en un periodo atormentado por el primer conflicto mundial. Fue valiente y auténtico profeta de paz y actuó con extrema valentía desde el inicio para evitar el drama de la guerra y después al limitar las nefastas consecuencias”. Haciendo explícita referencia al tema de la reconciliación manifestó el deseo de “poner mi ministerio al servicio de la reconciliación y de la armonía entre los hombres y los pueblos, profundamente convencido que el gran bien de la paz es sobre todo don de Dios, don frágil y precioso que debe ser invocado, tutelado y construido día tras día con el aporte de todos”. Asimismo hizo referencia al Padre del monacato occidental diciendo que “el nombre de Benedicto evoca, además, la extraordinaria figura del gran ‘Patriarca del monacato occidental’, San Benito de Nursia. La progresiva expansión de la Orden Benedictina fundada por él ha ejercido un influjo enorme en la difusión del cristianismo en todo el Continente. San Benito es por ello muy venerado en Alemania y, en particular, en Baviera, mi tierra de origen.


Homilía del Cardenal Ratzinger al iniciar el Cónclaveque le elegí Papa

Ésta es la homilía de la Misa Pro Eligendo Summo Pontifice que presidió en la Basílica Vaticana, el entonces Cardenal Decano del Colegio Cardenalicio, Joseph Ratzinger, y fue concelebrada por 115 cardenales electores:“En este momento de gran responsabilidad, escuchamos con particular atención cuanto el Señor nos dice con sus mismas palabras. De las tres lecturas quisiera escoger solo algunos aspectos, que nos atañen directamente en un momento como este.La primera lectura ofrece un retrato profético de la figura del Mesías- un retrato que recibe todo su significado desde el momento en el que Jesús lee este texto en la sinagoga de Nazareth, cuando dice: “Hoy se ha cumplido esta escritura” (Lc 4, 21). Al centro del texto profético encontramos una palabra que- al menos a primera vista- parece contradictoria. El Mesías, hablando de sí, dice ser enviado “a promulgar el año de la misericordia del Señor, un día de venganza para nuestro Dios.” (Is 61, 2). Escuchamos, con gozo, el anuncio del año de misericordia: la misericordia divina pone un límite al mal- nos ha dicho el Santo Padre. Jesucristo es la misericordia divina en persona: encontrar a Cristo significa encontrar la misericordia de Dios. El mandato de Cristo se ha convertido en mandato nuestro a través de la unción sacerdotal; somos llamados a promulgar- no solo con palabras sino con la vida, y con los signos eficaces de los sacramentos, “el año de misericordia del Señor”. Pero ¿qué quiere decir Isaías cuando anuncia “el día de la venganza para nuestro Dios”? Jesús, en Nazareth, en su lectura del texto profético, no ha pronunciado estas palabras- ha concluido anunciado el año de la misericordia. ¿Ha sido tal vez este el motivo del escándalo que se dio después de su prédica? No lo sabemos. En todo caso el Señor ha ofrecido su comentario auténtico a estas palabras con la muerte de cruz. “Él cargó con nuestros pecados en su cuerpo sobre el leño de la cruz...”, dice San Pedro (1 Pe 2, 24). Y San Pablo escribe a los Gálatas: “Cristo nos ha rescatado de la maldición de la ley, haciéndose a sí mismo maldición por nosotros, como está escrito: Maldito quien pende del leño, para que en Cristo Jesús la bendición de Abraham pase a las gentes y nosotros nos revistamos de la promesa del Espíritu mediante la fe” (Gal 3, 13s).La misericordia de Cristo no es una gracia a buen mercado, no supone la vanalización del mal. Cristo lleva en su cuerpo y sobre el alma todo el peso del mal, toda su fuerza destructiva. Él quema y transforma el mal en el sufrimiento, en el fuego de su amor sufriente. El día de la venganza y el año de la misericordia coinciden en el misterio pascual, en el Cristo muerto y resucitado. Esta es la venganza de Dios: él mismo, en la persona del Hijo, sufre por nosotros. Cuanto más somos tocados por la misericordia del Señor, tanto más entramos en solidaridad con su sufrimiento- nos hacemos disponibles para completar en nuestra carne “aquello que falta a los sufrimientos de Cristo” (Col 1, 24).Pasamos a la segunda lectura, a la carta a los Efesios. Aquí se trata en sustancia de tres cosas: en primer lugar, de los ministerios y de los carismas en la Iglesia, como dones del Señor resucitado y ascendido al cielo; entonces, de la maduración de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, como condición y contenido de la unidad en el cuerpo de Cristo; y, en fin, de la común participación al crecimiento del cuerpo de Cristo, es decir de la transformación del mundo en la comunión con el Señor.Detengámonos solo sobre dos aspectos. El primero es el camino hacia “la madurez de Cristo”; así dice, simplificando un poco, el texto italiano. Más precisamente deberíamos, según el texto griego, hablar de la “medida de la plenitud de Cristo”, a la que somos llamados a llegar para ser realmente adultos en la fe. No deberíamos permanecer niños en la fe, en estado de minoridad. ¿Y en qué consiste el ser niños en la fe? Responde San Pablo: significa ser “llevados a la deriva y zarandeados por cualquier viendo de doctrina...” (Ef 4, 14). ¡Una descripción muy actual!Cuantas doctrinas hemos conocido en estas últimas décadas, cuantas corrientes ideológicas, cuantos modos de pensar... La pequeña barca del pensamiento de muchos cristianos ha sido no raramente agitada por estas olas- botada de un extremo al otro: del marxismo al liberalismo, hasta el libertinaje; del colectivismo al individualismo radical; del ateísmo a un vago misticismo religioso; del agnosticismo al sincretismo y así en adelante. Cada día nacen nuevas sectas y se realiza cuanto dice San Pablo sobre el engaño de los hombres, sobre la astucia que tiende a arrastrar hacia el error (cf Ef 4, 14). Tener una fe clara, según el Credo de la Iglesia, viene constantemente etiquetado como fundamentalismo. Mientras el relativismo, es decir el dejarse llevar “de aquí hacia allá por cualquier tipo de doctrina”, aparece como la única aproximación a la altura de los tiempos hodiernos. Se va constituyendo una dictadura del relativismo que no reconoce nada como definitivo y que deja como última media solo el propio yo y sus ganas.Nosotros, en cambio, tenemos otra medida: el Hijo de Dios, el verdadero hombre. Es el la medida del verdadero humanismo. “Adulta” no es la fe que sigue las olas de la moda y la última novedad; adulta y madura es la fe profundamente radicada en la amistad con Cristo. Es esta amistad que nos abre a todo aquello que es bueno y nos dona el criterio para discernir entre el verdadero y el falso, entre engaño y verdad. Esta fe adulta es la que debemos madurar, a esta fe debemos guiar el rebaño de Cristo. Y es esta fe- solo la fe- que crea unidad y se realiza en la caridad. San Pablo nos ofrece a este propósito- en contraste con las continuas peripecias de aquellos que son como niños llevados a la deriva por las olas- una bella palabra: hacer la verdad en la caridad, como fórmula fundamental de la existencia cristiana. En Cristo, coinciden verdad y caridad. En la medida en que nos acercamos a Cristo, también en nuestra vida, verdad y caridad se funden. La caridad sin verdad sería ciega; la verdad sin caridad sería como “un cimbalo que tintinea” (1 Cor 13, 1).Vamos ahora al Evangelio, de cuya riqueza quisiera extraer solo dos pequeñas observaciones. El Seños nos dirige estas maravillosas palabras: “No os llamo más siervos... mas os he llamado amigos” (Jn 15, 14). Tantas veces sentimos que somos- como es verdad- solamente siervos inútiles (cf Lc 17, 10). Y, no obstante esto, el Señor nos llama amigos, nos hace sus amigos, nos dona su amistad. El Señor define amistad en un dúplice modo. No hay secretos entre los amigos: Cristo nos dice todo lo que escucha del Padre; nos dona su plena confianza y, con la confianza, también el conocimiento. Nos revela su rostro, su corazón. Nos muestra su ternura por nosotros, su amor apasionado que va hasta la locura de la cruz. Se confía a nosotros, nos da el poder de hablar con su yo: “este es mi cuerpo...”, “yo te absuelvo...”. Confía su cuerpo, la Iglesia, a nosotros. Confía a nuestras débiles mentes, a nuestras débiles manos su verdad- el misterio de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo; el misterio del Dios que “tanto ha amado el mundo que ha dado a su Hijo unigénito” (Jn 3, 16). Nos ha hecho sus amigos- y nosotros ¿cómo respondemos?El segundo elemento, con el que Jesús define la amistad, es la comunión de las voluntades. “Idem velle- idem nolle”, era también para los Romanos la definición de amistad. “Vosotros sois mis amigos, si hacéis aquello que os ordeno” (Jn 15, 14). La amistad con Cristo coincide con lo que expresa la tercera petición del Padre nuestro: “Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”. En la hora del Getsemani Jesús ha transformado nuestra voluntad humana rebelde en voluntad conforme y unida a la voluntad divina. Ha sufrido todo el drama de nuestra autonomía- y llevando nuestra voluntad en las manos de Dios, nos dona la verdadera libertad: “No como quiero yo, sino como quieres tú” (Mt 21, 39). En esta comunión de las voluntades se realiza nuestra redención: ser amigos de Jesús, llegar a ser amigos de Dios. Mientras más amamos a Jesús, más lo conocemos, más crece nuestra verdadera libertad, crece el gozo de ser redimidos. ¡Gracias Jesús, por tu amistad!El otro elemento del Evangelio- que quería resaltar- es el discurso de Jesús sobre el llevar fruto: “Os he constituido para que andéis y portéis fruto y vuestro fruto permanezca” (Jn 15, 16). Aparece aquí el dinamismo de la existencia del cristiano, del apóstol: os he constituido para que andéis... Debemos ser animados por una santa inquietud: la inquietud de llevar a todos el don de la fe, de la amistad con Cristo. En verdad, el amor, la amistad de Dios nos ha sido dad para que llegue también a los otros. Hemos recibido la fe para donarla a los otros- somos sacerdotes para servir a los otros. Y debemos llevar un fruto que permanezca. Todos los hombres quieren dejar una huella que permanezca. ¿Pero qué cosa permanece? El dinero no. Tampoco los edificios permaneces; los libros menos. Después de un cierto tiempo, más o menos largo, todas estas cosas desaparecen. La única cosa, que permanece en la eternidad, es el alma humana, el hombre creado por Dios para la eternidad. El fruto que permanece es por eso cuanto hemos sembrado en las almas humanas- el amor, el conocimiento; el gesto capaz de tocar el corazón; la palabra que abre el alma a la alegría del Señor. Entonces vamos y recemos al Señor, para que nos ayude a llevar fruto, un fruto que permanece. Solo así la tierra es transformada de un valle de lágrimas al jardín de Dios.Regresemos, finalmente, aún una vez, a la carta a los Efesios. La carta dice- con las palabras del Salmo 68- que Cristo, ascendiendo al cielo, “ha distribuido dones a los hombres” (Ef 4, 8). El vencedor distribuye los dones. Y estos dones son apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros. Nuestro ministerio es un don de Cristo a los hombres, para construir su cuerpo- el mundo nuevo. ¡Vivimos nuestro ministerio así, como don de Cristo a los hombres! Pero en este momento, sobretodo, rezamos con insistencia al Señor, para que después del gran don del Papa Juan Pablo II, nos done un nuevo pastor según su corazón, un pastor que nos guíe al conocimiento de Cristo, a su amor, a la verdadera alegría. Amén”.


Sobre su dimisión

La renuncia del papa Benedicto XVI al pontificado de la Iglesia católica fue anunciada por él mismo el 11 de febrero de 2013,y fue efectiva el 28 de febrero, a las 20:00 horas de Roma. En ese momento, la sede apostólica quedó vacante y dio comienzo un cónclave en el mes de marzo para elegir al siguiente Sumo Pontífice de la Iglesia católica. Se convirtió así en el primer papa en renunciar en 598 años, pues el último en dimitir había sido Gregorio XII, en 1415. Sin embargo, el precedente de Celestino V (1294) es el único que no da lugar a dudas sobre la espontaneidad de la decisión.

La noticia fue objeto de una extensa cobertura mediática, centrándose en el carácter insólito de un hecho como este en la historia, calificado por algunos como «revolucionario», al ir contra la costumbre católica en la que el papa extiende su pontificado hasta el momento de su fallecimiento.

Texto íntegro de la renuncia de Benedicto XVI
(El primer Papa en renunciar fue Celestino V, el 13 Diciembre, 1294)

"Queridísimos hermanos,

Os he convocado a este Consistorio, no solo para las tres causas de canonización, sino también para comunicaros una decisión de gran importancia para la vida de la Iglesia.

Después de haber examinado ante Dios reiteradamente mi conciencia, he llegado a la certeza de que, por la edad avanzada, ya no tengo fuerzas para ejercer adecuadamente el ministerio petrino. Soy muy consciente de que este ministerio, por su naturaleza espiritual, debe ser llevado a cabo no únicamente con obras y palabras, sino también y en no menor grado sufriendo y rezando.

Sin embargo, en el mundo de hoy, sujeto a rápidas transformaciones y sacudido por cuestiones de gran relieve para la vida de la fe, para gobernar la barca de San Pedro y anunciar el Evangelio, es necesario también el vigor tanto del cuerpo como del espíritu, vigor que, en los últimos meses, ha disminuido en mí de tal forma que he de reconocer mi incapacidad para ejercer bien el ministerio que me fue encomendado.

Por esto, siendo muy consciente de la seriedad de este acto, con plena libertad, declaro que renuncio al ministerio de Obispo de Roma, Sucesor de San Pedro, que me fue confiado por medio de los Cardenales el 19 de abril de 2005, de forma que, desde el 28 de febrero de 2013, a las 20.00 horas, la sede de Roma, la sede de San Pedro, quedará vacante y deberá ser convocado, por medio de quien tiene competencias, el cónclave para la elección del nuevo Sumo Pontífice.

Queridísimos hermanos, os doy las gracias de corazón por todo el amor y el trabajo con que habéis llevado junto a mí el peso de mi ministerio, y pido perdón por todos mis defectos.

Ahora, confiamos la Iglesia al cuidado de su Sumo Pastor, Nuestro Señor Jesucristo, y suplicamos a María, su Santa Madre, que asista con su materna bondad a los Padres Cardenales al elegir el nuevo Sumo Pontífice. Por lo que a mi respecta, también en el futuro, quisiera servir de todo corazón a la Santa Iglesia de Dios con una vida dedicada a la plegaria.

Vaticano, 10 de febrero 2013."