El sacramento del Bautismo

1.  El Sacramento del Bautismo es el primer Sacramento de Iniciación Cristiana. Es el fundamento de toda la vida cristiana, el pórtico de la vida en el espíritu (“vitae spiritualis ianua”) y la puerta que abre el acceso a los otros sacramentos (Catc. Cat. 1213). “La vida de Cristo se comunica a los creyentes, que se unen a Cristo, muerto y glorificado, por medio de los sacramentos de una manera misteriosa y real” (LG 7). Esto es particularmente verdad en el caso del Bautismo por el cual nos unimos a la muerte y a la Resurrección de Cristo (cf Rom 6, 4-5; 1 Cor 12, 13).

 

Este sacramento recibe el nombre de Bautismo en razón del carácter del rito central mediante el que se celebra: bautizar (baptizein en griego) significa “sumergir”, “introducir dentro del agua”; la “inmersión” dentro del agua simboliza el acto de sepultar al catecúmeno en la muerte de Cristo de donde sale por la Resurrección con Él (cf  Rom 6, 3-5; Col 2, 12) como “nueva criatura” (2 Cor 5, 17; Gal 6, 15) [Catc. Cat. 1214].

 

Este sacramento es llamado también “baño de regeneración y de renovación del Espíritu Santo” (Tt 3, 5) porque significa y realiza ese nacimiento del agua y del Espíritu sin el cual “nadie puede entrar   en   el   Reino   de   Dios” (Jn 3, 5).   “Este baño es llamado iluminación porque quienes reciben esta enseñanza (catequética) su espíritu es iluminado…” (S. Justino, apol. 1, 61, 12). Habiendo recibido en el Bautismo al Verbo, “la luz verdadera que ilumina a todo hombre” (Jn 1, 9), el bautizado “tras haber sido iluminado” (Heb 10, 32), se convierte en “hijo de la luz” (1 Tes 5, 5), y en “luz” él mismo (Ef 5, 8) [Catc. Cat. 1215-1216].

 

El Bautismo confiere al que lo recibe la gracia de la purificación de todos los pecados. Pero el bautizado debe seguir luchando contra la concupiscencia de la carne y los apetitos desordenados (Catc. Cat. 2520).

 

2.  Bautismo por Inmersión: El rito de la inmersión, símbolo de purificación o de renovación, era conocido en las religiones antiguas y en el Judaísmo (Bautismo de los prosélitos, Esenios). 

Aun inspirados en estos precedentes, el Bautismo de Juan el Bautista se distingue de ellos por tres rasgos principales:

a)    Apunta a una purificación no ya ritual sino moral (Mt 3, 2. 6. 8. 11; Lc 3, 10-16); 

b)    No se repite y cobra por ello el aspecto de una iniciación; 

c)    Tiene un valor escatológico, ya que introduce en el grupo de los que profesan una espera activa del Mesías próximo y constituyen por anticipado su comunidad (Mt 3, 2. 11; Jn 1, 19-34).

 

Su eficacia es real, pero no sacramental (He 19,3-5), y depende del Juicio de Dios, que aun ha de venir en la persona del Mesías, cuyo fuego purificará o consumirá, según que se esté bien o mal dispuesto, y quien únicamente bautizará “en el Espíritu Santo” (Mt 3, 7. 10-12; Jn 1, 33-34).

 

Este Bautismo de Juan, también llamado Bautismo por Inmersión, será practicado por los discípulos de Cristo (Jn 4, 1-2) hasta el día en que quede absorbido en el nuevo rito instituido por Jesús (Mt 28, 19; He 1, 5; Rom 6, 4).

 

Aun sin tener pecado (Jn 8, 46) Jesús quiere someterse al bautismo de Juan, en el que reconoce una etapa exigida por Dios (Mt 3, 15; Lc 7, 29-30), preparación última de la era mesiánica (Mt 3, 6) y satisfacer así a la “justicia” salvífica de Dios que preside el plan de salvación. Más allá de este acto del bautismo, Mateo piensa sin duda en la nueva “justicia”, por la cual Jesús va a cumplir y perfeccionar la de la antigua Ley (Mt 5, 17. 20).

 

3.  Bautismo de Juan: Mejor conocido como Bautismo de Agua: Lavatorio exterior para mover a los hombres a la penitencia y disponerlos a recibir el perdón de Dios. Jesús quiso ser bautizado por Juan por un sentimiento de humildad, y para mover también con su ejemplo a los demás, que tenían necesidad de él, a recibir el bautismo de penitencia. Especialmente quiso santificar las aguas, instituyendo el sacramento del bautismo, cuya necesidad promulgaría más tarde.

 

Bautismo del Mesías: Bautismo de Espíritu Santo y de fuego. Colma a los bautizados de dones celestiales y los purifica de toda escoria (Is 44, 3; Ez 39, 29; Za 12, 10; He 1, 5; 2, 2-4; 11, 15-16). Pese a todo, mientras el Señor Jesús estuvo entre nosotros nunca se supo que bautizara a nadie (Jn 4, 1-2).

 

4.  Bautismo de Niños (Catc. Cat. 1250; 1252; 1261): Puesto que nacen con   una   naturaleza   humana   caída   y  manchada por el pecado original (Rom 5, 12), los niños necesitan también el nuevo nacimiento en el Bautismo (cf DS 1514) para ser librados del poder de las tinieblas y ser trasladados al dominio de la libertad de los hijos de Dios (cf Col 1, 12-14), a la que todos los hombres están llamados. La pura gratitud de la gracia de la salvación se manifiesta particularmente en el bautismo de niños. Por tanto, la Iglesia y los padres privarían al niño de la gracia inestimable de ser hijo de Dios si no se le administraran el Bautismo poco después de su nacimiento (cf CIC can. 867; CCEO can. 681; 686, 1).

 

La práctica de bautizar a los niños pequeños es una tradición inmemorial de la Iglesia. Está atestiguada explícitamente desde el s II. Sin embargo, es muy posible que, desde el comienzo de la predicación apostólica, cuando “casas” enteras recibieron el Bautismo (cf He 16, 15. 33; 18, 8; 1 Cor 1, 16), se haya bautizado también a los niños (cf CDF, instr. “Pastoralis actio”: AAS 72 [1980] 1137-1156).

 

En cuanto a los niños muertos sin bautismo, la Iglesia sólo puede confiarlos a la misericordia divina, como hace con el rito de las exequias por ellos. En efecto, la gran misericordia de Dios, que quiere que todos los hombres se salven (cf 1 Tim 2, 4), nos permiten confiar en que haya un camino de salvación para los niños que mueren sin bautismo.


MADRE DE DIOS... RUEGA POR NOSOTROS

 

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