Apariciones de la Virgen de Guadalupe

FUENTE: Diccionario Eclesial Católico

Autor: Silvio Ramírez B.


Realizadas en Méjico ante el Santo Juan Diego, de origen indígena, en el año 1531 y a tan sólo pocos años del descubrimiento de América. Según el relato del escrito indio de Nican Mophua, siglo XVII, el santo Juan Diego «mientras se dirigía a recibir sus clases de catecismo y luego a la Santa Misa, al llegar al cerro de Tepeyac (sábado en la madrugada) se le apareció la Virgen, misma que él describe como una Señora de sobrehumana belleza, cuyo vestido era brillante como el sol, la cual con palabras muy amables y atentas, le dijo: Juanito el más pequeño de mis hijos, yo soy la siempre Virgen María, madre del verdadero Dios, por Quien se vive. Deseo vivamente que se me construya aquí un templo, para en él mostrar y prodigar todo mi amor, compasión, auxilio y defensa a todos los moradores de esta tierra y a todos los demás amadores míos que me invoquen y en Mi confíen. Vas donde el Señor Obispo y le manifiestas que deseo un templo en este llano. Anda y pon en ello todo tu esfuerzo… Ten seguro que te lo agradeceré bien y te lo pagaré. Vas a merecer que yo te recompense el trabajo y fatiga con que vas a procurar hacer lo que te encomiendo”. El se arrodilló y le dijo: “Señora mía, voy corriendo a cumplir lo que me has mandado. Yo soy tu humilde siervo”. Y se fue de prisa a la ciudad y en derechura al Palacio del Obispo que era Fray Juan de Zumárraga, religioso franciscano. Cuando el obispo oyó lo que le decía Juan Diego, no le creyó. Solamente le dijo: “Otro día vendrás y te oiré despacio”. Juan Diego se volvió muy triste porque no había logrado que se realizara su mensaje. Se fue derecho a la cumbre del cerro y encontró allí a la Señora del Cielo que le estaba aguardando. Al verla se arrodilló delante de ella y le dijo: “Señora, expuse tu mensaje ante el señor obispo, pero pareció que no lo tuvo por cierto. Comprendí por la respuesta que me dio que pensó quizás que es invención mía que Tú quieres que hagan un templo, y que eso no es orden tuya. Por lo cual te ruego que le encargues a alguno de los principales que lleve tu mensaje para que le crean, porque yo soy un pobre hombrecillo, el último de todos. Perdóname que te cause esta pesadumbre, Señora y Dueña mía”.

Ella le respondió: “Oye, hijo mío, el más pequeñito, es preciso que tú mismo solicites y ayudes a que con tu mediación se cumpla mi voluntad. Mucho te ruego, hijo mío, y aun te mando, que otra vez vayas mañana a ver al obispo. Dile que Yo en persona, la siempre Virgen María, Madre de Dios, te envía, para hacerle saber mi voluntad: que dejen hacerme aquí el templo que les pido”.

Pero al día siguiente el obispo tampoco le creyó a Juan Diego y le dijo que era necesaria alguna señal milagrosa para que se pudiera creer que sí era cierto que lo enviaba la misma Señora del Cielo. Y lo despidió.

El lunes, Juan Diego no volvió al sitio donde se le aparecía Nuestra Señora, porque su tío Bernardino se puso muy grave y le rogó que fuera a la capital y le consiguiera un sacerdote para confesarse. El dio la vuelta por otro lado del Tepeyac para que no lo detuviera la Señora del Cielo, y así poder llegar más pronto a la capital. Mas ella le salió al encuentro por el camino donde iba y le dijo: “Ten entendido, hijo mío, el más pequeño, que no es tan importante lo que te asusta y aflige. No se entristezca tu corazón ni te llenes de angustia. ¿Acaso no estoy Yo aquí que soy tu Madre?, ¿Acaso no soy Yo tu ayuda y protección?. No te aflijas por la enfermedad de tu tío, que en este momento ha quedado sano. Sube ahora a la cumbre del cerro y hallarás distintas flores. Córtalas y tráelas.”

Juan Diego subió a la cumbre del cerro y se asombró muchísimo al ver tantas y tan exquisitas rosas de castilla, siendo aquel un tiempo de mucho hielo en el que no aparece rosa alguna por allí, y menos en esos pedregales. Llenó su poncho o larga ruana blanca con todas aquellas bellísimas rosas y se presentó a la Señora del Cielo. Ella le dijo: “Hijo mío, está es la prueba que llevarás de parte mía al señor Obispo. Te considero mi embajador, muy digno de confianza. Ahora te ordeno que sólo delante del señor obispo despliegues tu manta y descubras lo que llevas. Contarás todo lo que viste y admiraste para que puedas inducir al prelado, con objeto de que se construya el templo que he pedido”.

Juan Diego se puso en camino, ya contento y seguro de salir bien. Al llegar a la presencia del Obispo le dijo: “Señor, hice lo que me mandaste hacer: ‘pedir a la Señora del Cielo una señal. Ella aceptó. Me despachó a la cumbre del cerro y me mandó cortar allá unas flores y me dijo que te las trajera. Así lo hago, para que en ella veas la señal que pides, y cumplas su voluntad. Helas, aquí’”.

Desenvolvió luego su blanca manta, y así que se esparcieron por el suelo todas las diferentes rosas de castilla, se dibujó en ella y apareció de repente la preciosa imagen de la Virgen María, Madre de Dios, tal cual se venera hoy en el templo de Guadalupe en Tepeyac. Luego que la vieron, el señor Obispo y todos los que allí estaban, se arrodillaron llenos de admiración. El prelado desató del cuello de Juan Diego la manta en que se dibujó y apareció la Señora del Cielo y la llevó con gran devoción al altar de su capilla. Con lágrimas de tristeza oró y pidió perdón por no haber aceptado antes el mandato de la Señora del Cielo.

La ciudad entera se conmovió y venían a ver y admirar la devota imagen y a hacerle oración; y le pusieron por nombre la Virgen de Guadalupe, según el deseo de nuestra Señora.

Juan Diego pidió permiso para ir a ver a su tío que estaba muy grave. El señor Obispo le envió con un grupo de personas para acompañarlo. Al llegar vieron a su tío que estaba muy contento y que nada le dolía. Y vinieron a saber luego que había quedado sano, instantáneamente curado en el momento preciso en el que la Santísima Virgen dijo a Juan Diego: “No te aflijas por la enfermedad de tu tío, que en este momento ha quedado sano”. 

El señor Obispo trasladó a la Iglesia Mayor la santa imagen de la amada Señora del Cielo. La ciudad entera desfilaba a admirar y orar a la sagrada imagen, maravillados todos de que se hubiera aparecido por milagro divino; porque ninguna persona de este mundo pintó su preciosa imagen». (Hasta aquí el relato del indio del siglo XVII).

La imagen de la Virgen de Guadalupe, como actualmente se le conoce, se venera en Méjico con grandísima devoción. El Papa declaró a Nuestra Señora de Guadalupe como “Patrona y Emperatriz de América”. Su fiesta se celebra el 12 de diciembre.

El indígena Juan Diego fue canonizado por el Papa Juan Pablo II el 30 de julio de 2002, en el mismo templo de Tepeyac.