Lo que más amamos: ¿idolatría o sacrificio?

FUENTE: ciudadredonda
José Cristo Rey García Paredes, cmf
Viernes 21 de Octubre del 2011

Dios es invisible y eso nos confunde. ¿Cómo amar a quién no vemos? ¿Es cuestión de imaginárselo? Son las realidades cercanas, próximas, tangibles, las que acaparan nuestra afectividad y nuestros sentimientos. Y, a veces, con una intensidad impresionante… hasta ¡la idolatría! Pueden ser personas, cargos, lugares en donde se vive, propiedades y hasta animales domésticos….  Hay quien confiesa que si esa realidad amada le faltara un día, ese día moriría, o entraría en una profunda depresión.

Por una experiencia semejante pasó el gran padre de la fe, Abraham. Subamos con él y su hijo Isaac a las montañas. En el ascenso aprenderemos una lección decisiva: cómo vivir más allá de la idolatría y del sacrificio.

La promesa que nunca llega

Dios le hizo a Abraham una promesa asombrosa: “Si eres fiel a mi alianza serás bendición para todos los pueblos de la tierra y para sus descendientes”. Esa promesa contenía una cláusula condicional: “Deja tu país, tu gente, y tu casa paterna, y vete a la tierra que te mostraré” (Gen 12,1-3). Abraham debería abandonar el espacio de la seguridad, de lo conocido, de lo próspero y encaminarse hacia el otro espacio de lo incierto, lo  desconocido, lo arriesgado, lo liminal. Sólo la confianza en el Dios de la promesa podría ampararlo en un camino insólito y lleno de interrogantes. La carta a los hebreos lo ratifica al comentar: Abraham no sabía a dónde iba (Heb 11,8).

Transcurría el tiempo y Abraham no se sentía bendecido: sin hijos, sin descendencia, compartiendo su vida con una mujer estéril, Sara (Gen 12,7). Llega él a los 100 años y ella a los 90 y  la palabra dada no se cumple (Gen 17,16; 21,5). Bueno, se cumple cuando menos lo esperaban: tras ofrecer hospitalidad a tres misteriosos visitantes. Entonces llegó regalo de Isaac.  Dios siempre responde, ¡pero tarde! -me decía a veces mi padre-.

El discernimiento

El cumplimiento de la promesa suscita una cuestión aparentemente sutil, pero decisiva: ¿se sirve Abraham de Dios para tener un hijo, un descendiente? O ¿consigue un descendiente de Dios por la confianza y el amor ciego que tiene en su Dios? ¿A quién había entregado Abraham, en  primera y última instancia su corazón? ¿a Dios o a su más profundo deseo, es decir, a su hijo único?

Nuestros sueños suelen confundirnos:  creemos que realizado el sueño, se acabarán todos nuestros problemas. Pero la realidad no es así. Abraham tenía el sueño de un hijo: el nacimiento de Isaac, sin embargo, no resolvió sus problemas, ni lo colocó en un paraíso.

Abraham recibió una nueva y sorprendente llamada de Dios. Le pidió que sacrificara a su hijo, a su único, a quien amaba (Gen 22,2), a quien posiblemente adoraba. Dios quería comprobar que no existía idolatría filial. Pero no es fácil interpretar este relato.
La interpretación

Es conocida la interpretación que Soren Kierkagard hizo de este relato de la Escritura en su libro “Temor y temblor” (1846). Abraham sintió que aquello que Dios le pedía violaba sus más profundas convicciones éticas; el patriarca pone en suspenso su ética y su razón y se somete al mandato de Dios y se arriesga a asumir un compromiso paradójico y misterioso; da el salto de la fe.

Un estudioso judío, Jon D. Levenson, profesor en Harvard, escribió un libro titulado “La muerte y resurrección del hijo amado”. Él nos recuerda que las culturas antiguas, las esperanzas y sueños tenían como objetivo no la dicha individual, sino la colectiva (de la familia o del clan); en los primogénitos se ponían todas las esperanzas, de modo que a ellos les correspondía por ley la mayor parte de la herencia y de la riqueza familiar; a través de ellos la familia conservaba su posición y prestigio social.  El primogénito era el símbolo de la familia.

El ángel exterminador mató a los primogénitos de Egipto por el pecado del pueblo egipcio. Dios se reservó para sí la vida de los primogénitos de Israel y puso precio a su rescate: los primogénitos deberían ser rescatados mediante un sacrificio (Ex 22,29; 34,20) o un servicio en el tabernáculo  en el caso de los levitas (Num 3,40-42), o el pago de un rescate al tabernáculo y a los sacerdotes (Num 3,46-48). Con ello se decía que toda familia en la tierra estaba en deuda con la justicia divina, la deuda del pecado.

Dios no le pide a Abraham que sacrifique a su mujer, Sara. Y si lo hubiera pedido, de seguro que Abraham no habría obedecido a esa voz. Abraham hubiera pensado que se trataba de una alucinación. No le parecería iluso, sin embargo, el asegurar el futuro de su familia sacrificándole a Dios el hijo primogénito: ¡era el precio que había de pagar! Dios no le pidió que entrara en la tiende de Isaac y lo asesinara; le pidió que se lo ofreciera en sacrificio. Yahweh quería que Abraham tomara conciencia de su deuda: su hijo moriría por los pecados de la familia.

En este contexto cultural se puede entender el mandato divino, pero no deja de ser terrible. La vida de Isaac tiene un precio, porque la familia ha pecado; pero, por otra parte, la vida de Isaac es bendición para todas las naciones, según Dios había prometido. ¿Cómo entender a Dios? Abraham podría haber dicho como  Job: “Él sabe lo que está haciendo conmigo y cuándo me ha puesto a prueba; yo saldré de todo esto como oro puro” (Job 23,10). De todas formas Abraham no tiene mucha idea de aquello que Dios le pide: él saldaría la deuda y Dios mantendría su promesa. Por eso, suben al monte del sacrificio (Gen 22,9-10) y cuando todo está para cumplirse, Dios actúa a través de una voz que viene del cielo (Gen 22,11-12).

¡No destruir, sino purificar!

Dios conocía muy bien qué había en el corazón de Abraham. No necesitaba comprobar si lo amaba. Lo que Dios hace es purificar ese amor para que se convierta en “oro puro”. Isaac era el medio para conseguirlo.

Abraham podría caer en la idolatría filial. Un hijo idolatrado puede convertir al padre en un ser exigente y super-protector, que intentar por todos los medios conseguir  el “hijo perfecto”; o convertirlo en un padre super-condescendiente y que mima al hijo para evitarle el menor desagrado. Un hijo idolatrado esclaviza. El camino de Abraham hacia las montañas con su hijo fue la fase final de un largo camino en el cual Dios lo iba transformando y haciéndole pasar de hombre normal al más importante de la historia.
Nuestro hermano, el primogénito, ¡qué bendición!

Al final el hijo amado no fue sacrificado. No obstante, los pecados familiares seguían ahí. La solución es una victima sustitutoria, un carnero. Pero la sangre del carnero no fue suficiente,  ni mucho menos, para pagar la deuda. Sería necesario que siglos después, en las mismas montañas, otro primogénito fuera extendido sobre el madero para morir. El Hijo amado, ante la inminencia de la muerte exclamó: “Dios mío, Dios mío, porqué me has abandonado?”. Ninguna voz liberadora vino del cielo. No hubo carnero sustitutorio. Murió el Hijo del Abbá, el Primogénito de toda la creación, Jesús. Su madre fue testigo del desenlace. Cristo murió por el pecado y por todos (1 Ped 3,18). Pablo entendió muy bien el verdadero significado de la historia de Isaac (Rom 8,32). En la cruz sabemos que “ahora conocemos que tú nos amas, porque no te has reservado tu hijo, tu único hijo, al que tu amas”.

Muchas de nuestras penas y sufrimientos tienen que ver mucho con nuestros “Isaacs”. Hay siempre en nuestra vida algo en lo cual ponemos nuestras alegría, nuestra plenitud. Si lo idolatramos estamos perdidos. Si llegamos al límite y purificados nuestro deseo y nuestro amor, ese “Isaac” será bendición para todos. Ya Jesús, el Cordero inmolado, nuestro Primogénito, “pagó por todos”.


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