HOMILIA 1° DE MAYO DEL 2012


PARROQUIA NUESTRA SEÑORA DE LA MERCED

1° de Mayo  del 2012

Mons. Hugo Barrantes Ureña

Arzobispo.

Hoy, 1º de mayo, bajo la protección de San José obrero, celebramos esta Eucaristía con ocasión del Día Internacional del Trabajo hecho que se suma a las diversas iniciativas encaminadas a subrayar la importancia y el valor del trabajo en Costa Rica.

Como escuchamos en el Evangelio, el Hijo de Dios no menospreció la calificación de carpintero, ni quiso eximirse de la condición normal de todo hombre: "La elocuencia de la vida de Cristo es inequívoca: pertenece al mundo del trabajo; tiene reconocimiento y respeto por el trabajo humano; se puede decir incluso más: mira con amor el trabajo, sus diversas manifestaciones, viendo en cada una de ellas un aspecto particular de la semejanza del hombre con Dios, Creador y Padre." [1]

Teniendo pues, como norte y guía al “Hijo del Carpintero”, como Iglesia,  hoy honramos  el sacrificio de todos aquellos obreros  que, a través de la historia,  han dado su vida para dignificar el trabajo humano y saludamos, con afecto y admiración, a todos las y los costarricenses que, desde el  vasto y multiforme mundo del trabajo,  en los hogares, en los campos, en las industrias y en las oficinas, cimientan una sociedad mejor.

En fidelidad a Dios y al hombre, a la vez que reiteramos nuestro apoyo a los trabajadores en sus justas luchas, apelamos a todos los hombres y mujeres de buena voluntad  para que, juntos, construyamos un orden social más humano, fundado en principios y valores morales que respeten y garanticen  la dignidad de la persona humana.

Dicha dignidad ha quedado manifiesta a luz de la Revelación pues, justamente, como escuchábamos en el libro del Génesis: “Creó Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó, varón y mujer los creó.” Así, la imagen de Dios está presente en todo hombre, de allí, que sea la “única creatura en la tierra a la que Dios ha amado por sí misma”.[2]

Situado en el vértice de todo lo creado, y en el momento culminante del acto creador, el ser humano aparece como la obra maestra de Dios. El rostro de Dios se esconde en el rostro del hermano y, en virtud de su dignidad, deben desterrarse de nuestras relaciones toda discriminación o menosprecio, particularmente, hacia los más débiles y desfavorecidos.

La Escritura nos enseña que no hay creatura sin creador y sin referencia y unión con él. Por eso, para el  fiel cristiano toda persona es sagrada. La defensa de la dignidad de la persona, anclada en el supremo mandamiento del amor, se convierte en requisito imprescindible de la fidelidad a Dios.

Justamente,  el Apóstol Pablo hoy nos invita a revestirnos del amor de Dios y esto significa tener una misericordia entrañable con todos cuantos sufren y un corazón comprensivo, capaz de sentir con los demás. Amar al prójimo es algo más que el simple respeto a la diferencia o que la mera tolerancia; significa considerar al hermano como otro yo y estar dispuesto a luchar a fin de que disponga de los medios necesarios para llevar una vida acorde con lo que Dios pensó e inició en la creación.

Salvaguardando, a toda costa, la dignidad humana, el trabajo será entendido, ante todo, como un medio que dignifique, ennoblezca y santifique a la persona: “El trabajo es un bien del hombre -es un bien de su humanidad-, porque mediante el trabajo el hombre no sólo transforma la naturaleza adaptándola a las propias necesidades, sino que se realiza a sí mismo como hombre, es más, en cierto sentido, se hace más hombre.[3]

Tristemente, el trabajo, elemento vital del desarrollo de la vida humana, que conforma la base para la realización de la persona y de su autoestima, es visto -cada vez más- como un aspecto que tiene sentido, exclusivamente, por sus resultados económicos.

Como consta, los temas del trabajo y del trabajador siempre han sido objeto de preocupación y ocupación de la Iglesia.  Por eso, la Iglesia en Costa Rica, a la luz del Evangelio y la Doctrina Social, reiteradamente, coloca a la persona del trabajador, sea varón o mujer, por encima de toda consideración.

La Iglesia, fiel a la Palabra de Dios, no deja de recordar el principio, según el cual, el trabajo es para el hombre y no el hombre para el trabajo, es decir, la primacía del hombre sobre la obra de sus manos. En Costa Rica, desde Monseñor Thiel, pasando por Monseñor Sanabria, hasta nuestros días, hemos estado con nuestro pueblo en la lucha por alcanzar los objetivos señalados, hace más de cien años, por la  Encíclica Rerum Novarum, entre ellos, el salario suficiente para la vida de familia, los seguros sociales para la vejez y el desempleo y la adecuada tutela de las condiciones de trabajo[4] y, así, evitar que el trabajo del hombre, y el hombre mismo, se reduzcan al nivel de simple mercancía.

El trabajo debe tener siempre como fin el verdadero progreso de la persona y el bien común, sin olvidar que, como cristianos nuestro compromiso consiste, también, en testimoniar el “Evangelio del trabajo”, conscientes de que el Señor llama a todos los bautizados a la santidad a través de sus ocupaciones cotidianas.

En el actual panorama nacional, cargado de retos en el campo de la economía, es urgente valorar el trabajo en su justa dimensión de realización y de promoción de la dignidad de la persona humana. “Es una responsabilidad ética de una sociedad organizada promover y apoyar una cultura del trabajo”[5], pues, sin duda alguna la  creciente desigualdad de ingresos y la injusta  privación de recursos para cubrir necesidades elementales, aparece, también, por la ausencia de políticas sociales inclusivas o como resultado de la violación de la dignidad del trabajo humano.

Un buen trabajo y  un  salario justo para todo aquel que quiera  trabajar se presentan como una prioridad moral y un grave  desafío nacional  pues, sin duda, poner a la persona humana en el centro de la vida económica promoverá la causa de la justicia.

Caminar con esperanza

Si bien la situación de los trabajadores, en general, ha sido permanente objeto de inquietud de nuestra parte, el acceso de los jóvenes costarricenses al trabajo,  actualmente, es de fundamental preocupación. De hecho, la Conferencia Episcopal de Costa Rica, en nuestra reciente Carta Pastoral: “Hacia una Costa Rica más solidaria”, constata  un hecho que, frecuentemente, he manifestado como consecuencia de mis constantes visitas pastorales a las parroquias, a saber, que, entre los rostros sufrientes de nuestro pueblo, se encuentran  “los rostros de adolescentes y jóvenes sin ilusión, víctimas de la sociedad de consumo, poco calificados, muchas veces, para insertarse en el mercado del trabajo.”[6] Esta desesperanza alcanza también a los miles de jóvenes profesionales que, pese a concluir sus onerosos estudios, sufren la exclusión por la falta de oportunidades laborales. De hecho, según el INEC casi 8000 muchachos y muchachas menores de 24 años, egresados de una universidad o instituto para –universitario, no logran encontrar trabajo.

Cómo pensar en una Costa Rica mejor si el trabajo, camino que lleva a una vida digna, no es recorrido por los y las jóvenes costarricenses. Contemplamos con pesar como alrededor de 46 667 muchachos entre 15 y 24 años no asisten a ningún tipo de formación académica en el país y, casi 70000 jóvenes, en el mismo rango de edad, buscan empleo y no lo consiguen.[7]

Ciertamente, conocemos de proyectos como “Empléate”, puestos en marcha por el Ministerio de Trabajo en atención especial a jóvenes en condiciones desfavorables pero, aludiendo  a un discurso de Juan Pablo II a la Organización Internacional del Trabajo[8], cabría preguntarnos si: ¿En Costa Rica estamos, abiertamente, tolerando una situación en la que muchos jóvenes se encuentran sin la perspectiva de hallar un día un trabajo o de que éste les deje cicatrices indelebles?».

El Papa Benedicto XVI insiste en  que la juventud debe ser la etapa de la vida en la que los muchachos estén inmersos en  el descubrimiento de los dones que Dios les  ha otorgado y de sus responsabilidades. “Es, también, tiempo de elecciones fundamentales para construir su proyecto de vida. Es el momento, por tanto, de interrogarse sobre el sentido auténtico de la existencia.”[9]

Sin embargo,  las situaciones de pobreza de miles de muchachos costarricenses, lejos de disponer un ambiente óptimo que  responda a sus grandes aspiraciones y auténticas esperanzas de vida y de felicidad, se convierten en caldo de cultivo para que, muchos de ellos, presas de la desesperanza y del vacío existencial, asuman comportamientos peligrosos, incursionen en crímenes  o actos de violencia, o sean víctimas fáciles del narconegocio. “El estar sin trabajo durante mucho tiempo, o la dependencia prolongada de la asistencia pública o privada, mina la libertad y la creatividad de la persona y sus relaciones familiares y sociales, con graves daños en el plano psicológico y espiritual.”[10] A la postre, muchos jóvenes, socialmente excluidos y,  por lo general, vinculados a ambientes conflictivos, incurren en comportamientos perjudiciales para sí y para la sociedad.[11] Cuando la incertidumbre sobre las condiciones de trabajo es una plaga, como destaca el Papa Benedicto XVI: “surgen formas de inestabilidad psicológica, de dificultad para abrirse caminos coherentes en la vida, incluido el del matrimonio”,[12] y se siembra “la cultura del endeudamiento” extremado que amenaza el presente y futuro de las generaciones jóvenes.

“La Iglesia sabe perfectamente que su mensaje está de acuerdo con los deseos más profundos del corazón humano cuando reivindica la dignidad de la vocación del hombre, devolviendo la esperanza a quienes desesperan ya de sus destinos más altos”, [13] por eso, en este Día Internacional del Trabajo, exhortamos a las autoridades gubernamentales, a los partidos políticos, al sector privado, a las universidades públicas y privadas,  a las distintas instancias que  representan a los trabajadores y a la sociedad en general, a considerar como una prioridad el tema del trabajo de nuestros y nuestras jóvenes e incidir en el diseño, implementación y ciudadanización de las políticas públicas que involucren plenamente al sector joven, hasta ahora invisibilizado.

Las actuales generaciones de adultos tenemos una grave obligación en el cambio de paradigmas, y de no hacerlo, seremos seriamente juzgados por las futuras generaciones.

Como Pastor, no es mi misión perfilar las soluciones, propiamente, políticas y económicas a este grave problema pero sí ayudar al análisis moral y ético necesario que nos lleve al fondo de las causas que sustentan esta franca exclusión social del sector joven.

La solidaridad, la participación, el deseo y la voluntad de gestionar estos cambios radicales constituyen, si no la solución, ciertamente la necesaria garantía ética para que las personas jóvenes no se conviertan en marginales, sino en protagonistas de su futuro.

Un aspecto clave será la elaboración e implementación de programas de educación que promuevan las virtudes humanas y cristianas, los  valores, la autoestima, el amor por el trabajo, la disciplina, el sacrificio,  la vida familiar y el compromiso social.

Más que técnicos y profesionales, estamos llamados a formar jóvenes virtuosos, con sensibilidad social, ciudadanos de altas miras, servidores de una sociedad más justa y solidaria.

Mientras encomiendo a la vigilante protección de San José Obrero  a los jóvenes que, a duras penas, consiguen introducirse en el mundo del trabajo, a los que subsisten con trabajos informales, a los desempleados  y, en general,  a los que sufren la difundida crisis ocupacional, pido al Señor para que, moviendo las voluntades de quienes, actualmente, tienen en sus manos la posibilidad del cambio,  se generen nuevas fuentes de trabajo digno para todos.

A todos los trabajadores y trabajadoras de nuestro país les recuerdo que la fuerza del trabajo es muy grande y es capaz de convertirse en un factor fundamental para construir una comunidad en la que las principales cuestiones sociales sean resueltas según los principios de justicia,  equidad y paz.

Queridos hermanos y hermanas: “Cualquiera sea el trabajo de ustedes, háganlo de todo corazón…” ( cf. Colosenses 3, 23).

Si hay trabajo  digno, habrá siempre esperanza para nuestro pueblo.


NOTAS

[1] Laborem exercens, 26.

[2] Gaudium et Spes 24

[3] Laborem Exercens N° 9

[4] Cf. Centesimus Annus 34

[5] Ecclesia in América 54

[6] CECOR, “Hacia una Costa Rica más solidaria” N.55

[7] Encuesta Nacional de Hogares INEC 2010

[8] del 15 de junio de 1982,

[9] Mensaje del Papa Benedicto XVI a los Jóvenes, con motivo de la XXV Jornada Mundial de la Juventud.

[10] Caritas in Veritate 25

[11] Documento de Aparecida 444

[12] Caritas in Veritate 25

[13] Gaudium et Spes 21


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